Hola Lucas!! el punto 1 se refiere a la tapa del libro Dioses y héroes de la mitología griega. Esta es la correcta disculpas. Hacer varias cosas al mismo tiempo a esta altura no me está resultando.
.
jueves, 3 de diciembre de 2015
miércoles, 2 de diciembre de 2015
Hola chicos y chicas. (Lenny, Pamela, Federico, Felipe, Lucas, Ezequiel)
Por este medio les cuento que nuestros encuentros en la escuela para afianzamiento y para integración de saberes comienza el 09 de diciembre a las 8,00 hs. que junto con las horas de la seño Ale se suman hasta las 10 hs.
Les pedí el otro día que vayan leyendo cuentos de las Mil y una noches (los cuales son las babuchas de Abú Kassen y El extraño viaje de Simbad el Marino) y del libro de Mitos (Heracles y sus trabajos y La Guerra de Troya).
Lenny, Pamela, Federico, Felipe, Lucas, Ezequiel y Enrique: los trabajos que me tienen que entregar son los siguientes.
1 Toma Fíjate bien en la ilustración de la tapa y contesta:
• ¿Crees que los personajes que ves en la ilustración corresponden a personas reales? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Explica la respuesta.
• ¿Por qué crees que tienen distinto tamaño?
• ¿Cuál de ellos será el más grande y por qué?
• Describe a los personajes de la ilustración y escribe los nombres de los que conoces.¿Conoces algún héroe de la mitología griega?
. • ¿Cuál es su nombre y qué le ocurrió?
....................................................................................................................
2 Realiza una infografía sobre Heracles y sus trabajos.
..................................................................................................................
3 a)Resume en no más de una hoja la historia de Abú Kassen. b)De ese resumen extrae palabras principales que se encuentran en la historia y escribirlas. c)Escribe otro final a la historia utilizando diálogos.
..............................................
4) Del cuadernillo de articulación realiza las siguientes actividades:
Página 58 y página 64 del cuadernillo de articulación.
..........................
5) Teniendo en cuenta lo trabajado sobre noticia: elegir La guerra de Troya o El extraño viaje de Simbad el marino y realizar una noticia.
(Presentar los trabajos entre el 09 y 10 de diciembre, Los mismos deben estar organizados en una carpetita, con carátula, índice y hojas numeradas)
Seño Betty
Por este medio les cuento que nuestros encuentros en la escuela para afianzamiento y para integración de saberes comienza el 09 de diciembre a las 8,00 hs. que junto con las horas de la seño Ale se suman hasta las 10 hs.
Les pedí el otro día que vayan leyendo cuentos de las Mil y una noches (los cuales son las babuchas de Abú Kassen y El extraño viaje de Simbad el Marino) y del libro de Mitos (Heracles y sus trabajos y La Guerra de Troya).
Lenny, Pamela, Federico, Felipe, Lucas, Ezequiel y Enrique: los trabajos que me tienen que entregar son los siguientes.
1 Toma Fíjate bien en la ilustración de la tapa y contesta:
• ¿Crees que los personajes que ves en la ilustración corresponden a personas reales? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Explica la respuesta.
• ¿Por qué crees que tienen distinto tamaño?
• ¿Cuál de ellos será el más grande y por qué?
• Describe a los personajes de la ilustración y escribe los nombres de los que conoces.¿Conoces algún héroe de la mitología griega?
. • ¿Cuál es su nombre y qué le ocurrió?
....................................................................................................................
2 Realiza una infografía sobre Heracles y sus trabajos.
..................................................................................................................
3 a)Resume en no más de una hoja la historia de Abú Kassen. b)De ese resumen extrae palabras principales que se encuentran en la historia y escribirlas. c)Escribe otro final a la historia utilizando diálogos.
..............................................
4) Del cuadernillo de articulación realiza las siguientes actividades:
Página 58 y página 64 del cuadernillo de articulación.
..........................
5) Teniendo en cuenta lo trabajado sobre noticia: elegir La guerra de Troya o El extraño viaje de Simbad el marino y realizar una noticia.
(Presentar los trabajos entre el 09 y 10 de diciembre, Los mismos deben estar organizados en una carpetita, con carátula, índice y hojas numeradas)
Seño Betty
miércoles, 16 de septiembre de 2015
PARA LOS QUE ELIGIERON TEMAS REFERIDOS A LA MINERÍA ESTA PÁGINA ESTÁ INTERESANTE: http://escritoriodocentes.educ.ar/datos/573.html
martes, 15 de septiembre de 2015
En este espacio podemos dar cuenta de lo
que estuvimos trabajando en clase el día 15 de septiembre.
ESPERANZA DE VIDA AL NACER: es un
indicador importantísimo, pues da una visión bastante acabada de la calidad de
vida de un país.
En
los países desarrollados, con
una distribución equitativa de la riqueza,
la población tiene más oportunidades de acceso a buenos servicios de salud,
prevención de enfermedades,
condiciones de vida confortables,
buena alimentación, entre otras características que permiten la posibilidad de una
vida más prolongada.
Países
desarrollados como Japón
y la mayoría
de los países europeos o de América del Norte,
tienen una esperanza de vida que ronda los 80 años. Nuestro país está alrededor
de los …. años. Los países más pobres tienen una esperanza de vida que no
supera los 50 a 55 años.
PAUTAS PARA EL TRABAJO DE CIENCIAS
SOCIALES DE RECURSOS NATURALES.... (se le entregan a los alumnos
o sube al blog)
MODALIDAD: INDIVIDUAL
FECHA DE ENTREGA:
CONDICIONES DE PRESENTACIÓN:
CARÁTULA (SEGUIENDO PAUTAS)
ÍNDICE
HOJA A4
LETRA: ARIAL 12
ALINEADO: JUSTIFICADO
PARTES DEL TRABAJO
INTRODUCCIÓN: se presenta el trabajo práctico; se puede
realizar dando un esbozo de los motivos que llevaron a elegir el tema. Lo
importante de la introducción es presentar al lector el tema que será tratado;
normalmente, no debe tener más de una página.
DESARROLLO: Es todo lo que pueda, averiguarse, investigarse
a través de la lectura de libros, artículos, páginas web que tratan sobre el
tema elegido. Considerar que va de lo general a lo particular.
Ejemplo: si el tema elegido es: Energías alternativas y
dentro de eso REPRESAS HIDROELÉCTRICAS. Primeramente se habla sobre energías
alternativas y sus posibilidades. Se ubican en distintos puntos de América
estas posibilidades y se cuenta algo sobre la misma. También se aborda el agua
como recurso y se especifica en cuanto a los tipos que se puedan encontrar, los
usos, otros. Se desarrolla también lo respectivo a
represas hidroeléctricas: ubicaciones, tipo de energía, modo de extracción de esa energía. En Argentina también se aborda ese tema. Se explica sobre las modificaciones al medio
ambiente que producen las represas. Sus ventajas y desventajas. Se busca
un informe, noticia, crónica o artículo sobre el tema elegido y se hace una breve síntesis (contar con tus
palabras de que trata) del mismo. Desarrollar que pasa con las represas en
Argentina y en otro país de América Latina.
CONCLUSIÓN. (Son apreciaciones personales del tema
abordado. Por ejemplo que se considera que para modificar hay que hacer ….,
para conservar…, el abordar temas que me
interesan me ayuda en…, hace que…)…
Por ejemplo:
ANEXOS
Es donde se presentan materiales relacionados con la investigación y que sirven para aclarar, mejorar o ampliar su comprensión. Ej. Estadísticas, mapas, cuadros, etcétera.
Es donde se presentan materiales relacionados con la investigación y que sirven para aclarar, mejorar o ampliar su comprensión. Ej. Estadísticas, mapas, cuadros, etcétera.
BIBLIOGRAFÍA
(FORMATO DE Cita de libros:
Apellido e inicial o nombre completo del autor, autores o compilador. Año
de la edición consultada entre paréntesis.
Título del libro en cursiva.
Lugar de edición. Editorial. )
WEBLOGRAFÍA
[FORMATO DE
CITA: Apellido e inicial del nombre del autor o
autores responsables. Título del documento, (tipo de documento) Fecha de publicación y URL
(Universal Resource Locutor
o localizador uniforme de recursos).
(Fecha de consulta).]
SEÑO BETTY
martes, 9 de junio de 2015
EN ESTE ESPACIO COMPARTO DETECTIVES EN BELGRANO DE MARÍA BRANDÁN ARÁOZ
Vecinos y detectives en Belgrano
Vecinos y detectives en
Belgrano cuenta la primera aventura de Mauro, Diego, Adela y Fernando, cuando
se conocieron.
Con un gran espíritu
detectivesco, descubren algo extraño en una carnicería de su barrio. Cuando
comienzan a unir datos, se encuentran frente a un caso de robo y realizan una
arriesgada investigación.
María Brandán Aráoz
Vecinos y detectives en Belgrano
Vecinos y detectives - 01
Título original: Vecinos y
detectives en Belgrano
María Brandán Aráoz, 1991
Ilustraciones: Shula Goldman
Diseño de portada: Editorial
Alfaguara
A mis hijas: María, Dolores y Magdalena de
la Torre.
A mis sobrinos: Sebastián, Joaquín e Inés Camerlingo, Agustina y Sonia
McGough.
1
VECINOS
Como todos los días a las
cinco de la tarde, Fernando camina apurado hacia la esquina. Y así, de
espaldas, se despide con la mano en alto de sus compañeros de sexto.
El colegio Andersen es un
caserón inmenso ubicado en el barrio de Belgrano. A Fernando le hace acordar a
Bariloche, por sus techos de pizarra y los triángulos de madera que adornan los
balconcitos. Pero mejor no pensar en Bariloche, donde vivió hasta el año
pasado, porque si recuerda el cielo azul, las montañas, ese frío que corta las
mejillas y todos sus amigos de allá, si los recuerda, entonces va a extrañar.
El colegio es lindo, tiene
patio, jardín y muchos árboles. Además, ¡queda tan cerca de su nuevo
departamento! Para ir y volver, sólo hay que caminar media cuadra, cruzar la
calle Zabala y ya está. Fernando carga la mochila en un solo brazo y a paso
rápido llega al edificio de ladrillos colorados y ventanas blancas donde ahora
vive. Con la mano libre toca el segundo botón del portero eléctrico y con un
cabezazo saluda a Ramón, el portero verdadero.
—¡Hola, Ramón! ¿Llegó Diego?
Diego y Fernando acostumbran
andar en skate en la vereda, después de hacer los deberes. Esta vez
Ramón niega con la cabeza, no puede dar el permiso para que su hijo salga.
—Diego vino antes porque faltó
la maestra. Es queee… no va a bajar, tiene que ayudar a la madre en casa —y,
como para disculparse—: hoy fue un día bravo, llegaron nuevos inquilinos y el
departamento no estaba en condiciones. Nos llaman a cada rato…
Fernando mira hacia arriba
interesado. «¡Se ocupó el primero “C”! ¡Por fin!». Mientras Ramón protesta, él
piensa. «¿Habrá chicos?». Por la ranura del portero eléctrico le llega la voz
de su madre.
—¡Fernando! ¿Podés sacar el
dedo del timbre, por favor? Te estoy abriendo —Ramón sigue protestando y
Fernando ya no lo escucha. Mientras camina hacia el ascensor se pregunta una y
otra vez cómo serán los nuevos vecinos.
La primavera alarga las horas;
son las siete y todavía no oscurece. Los chicos cuchichean sentados en la
escalera. Tienen poco tiempo para discutir las últimas novedades. Las madres
respectivas insistieron antes de salir: «Vuelvan pronto, miren que hay que
bañarse antes de comer». ¡El dichoso baño!
Diego refunfuña con la boca
llena de alfajor. Es gordito, morocho y rozagante. Muy diferente de Fernando,
flaco y pecoso, que mira desde abajo porque aún no pegó el estirón.
—No entiendo por qué me obliga.
Soy yo el que se baña, no ella —comenta enfurecido Diego.
—El que no se baña
dirás —ríe Fernando. Y para consolarlo—: No te preocupes, las madres son así,
les gusta la limpieza y esas cosas. En casa pasa lo mismo. Pero yo inventé
algo. Abro la ducha, me mojo el pelo, canto un rato y salgo cambiado. Nunca se
da cuenta. Ahora contame: ¿quiénes son los vecinos del primero «C»? ¿Hay chicos de nuestra edad?
Diego suspira, lame a
conciencia el papel del alfajor y sonríe sarcástico:
—Una chica. La
anteojuda.
Fernando está desilusionado.
—¡Qué rabia! Toda la casa de
personas grandes.
—No es una chica… común
—aclara Diego, mirando con tristeza el papel limpio y brillante—, como mi
hermana mayor, que se la pasa sin hacer nada. Ésta es una sabelotodo. Lo ayudé
a papá a subir algunas cosas. Ella estaba en su cuarto rodeada de cajas y
cajas. Todos eran libros. ¿Te imaginás? Cientos y cientos de LIBROS.
Fernando pega un silbidito.
Apenas puede dar crédito a lo que oye.
—Libros, en cajas.
¿Para qué querrá tantos?
Diego se encoge de hombros.
—¡Y qué se yo! Para mí que los
lee.
Los chicos se quedan un rato
en silencio. Tanto esperar a que se ocupara el departamento vacío, para nada.
El edificio viejo tiene inquilinos y propietarios, casi todos son personas
mayores. Y no se puede hacer mucho ruido, y no se puede tener perros. Y lo
peor, en toda la cuadra no hay chicos de su edad. Puros bebés o chiquititos.
Nada de amigos. «Salvo Mauro», piensa Fernando. De repente los dos han
coincidido y se miran más optimistas.
—Por lo menos enfrente está
Mauro —dice Diego, y busca algo comestible en el bolsillo de su pantalón.
—Sí, ¿y cuándo lo dejan salir?
El pobre se la pasa encerrado.
Por un momento, Fernando
imagina a Mauro en su casona de la esquina, con un dormitorio para él solo,
casi tan grande como el living de su departamento. ¡Seguro que está estudiando!
Mauro Fromm no tiene padres,
vive con sus tíos. Unos tíos ya mayores, que lo adoran y lo cuidan tanto que
apenas si lo dejan salir. Todo el día va a un colegio alemán y los fines de
semana a una quinta o algo así. A veces los invita de contrabando a su cuarto.
Pero no es lo mismo. Mejor es andar con el skate en la vereda.
El ruido del ascensor alerta a
los chicos. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos miran absortos los
botones que encienden y apagan la luz colorada. El ascensor para en el primer
piso. Alguien sube. Al llegar a la planta baja, las puertas se abren y una
chica delgada los mira con cautela.
Diego codea a Fernando y
susurra apurado:
—Es la anteojuda. La vecina
nueva.
Una chica de anteojos, trenzas
y pantalones. Menuda, frágil, pero decidida, cierra la puerta del ascensor y se
dirige hada los chicos. En la mano derecha, hamaca una bolsa de compras.
—¿Me pueden decir dónde hay
una carnicería cerca? —pregunta mandona.
Diego la mira serio, como si
no entendiera.
—¿Una carnicería? —repite
bobalicón—. ¡Ah, sí! Caminá hasta la esquina, después doblás a la izquierda y
seguís dos cuadras. Cuando llegues a la plaza vas derechito media cuadra más.
Es justo enfrente. Vas a ver una puertita que arriba dice «Zoilo».
La anteojuda agradece, se
despide y sale. Muy derechita, muy aplomada, hamacando la bolsa.
Fernando la mira y después,
atónito, a Diego:
—¿Te diste cuenta a dónde la
mandaste? —pregunta sorprendido.
Diego sonríe feliz. Ha
encontrado un caramelo pegado al fondo de su bolsillo y mientras lo chupa
explica con voz gangosa:
—Sí. A lo del Carnicero
Loco. ¡Vamos a ver cómo se las arregla!
Y sin poder contenerse, los
dos empiezan a reír a carcajadas.
2
EL «CARNICERO LOCO»
Al llegar a la esquina Adela
se desinfla. ¿Cuántas cuadras a la izquierda? Ah, sí, dos. La pusieron nerviosa
esos tontos, por eso ahora le cuesta ubicarse. Esta calle se llama Zabala, y su
nuevo departamento queda en Ciudad de la Paz. Su madre quiso que lo anotara
pero ella dijo «NO HACE FALTA». Además insistió en ir a hacer las compras sola.
Ahora no puede perderse, ¡sería un papelón! Es feo estar recién mudada. ¡Y
encima esos dos tontos riéndose a sus espaldas! Adela se cala fuerte los
anteojos. No le importa NADA. ¡Peor para ellos!
Se está haciendo de noche.
Camina apurada las dos cuadras que le faltan y llega a la calle Moldes. Un poco
más lejos se ve la plaza poco iluminada y desierta. Antes, en terrenos del ferrocarril,
la sorprende el majestuoso puente. Piensa que se parece a la montaña rusa del
parque de diversiones. Bueno, se parece un poco, con esos fierros
anaranjados que forman torres y sostienen el pasadizo hacia el otro lado.
Es tarde. Agitada cruza la calle
y entonces lo ve. Él ya la estaba mirando. Es un perrazo amarillo. Si tuviera
el pelo limpio parecería dorado. Pero está sucio y es muy flaco. El perrazo la
mira temeroso con sus ojos achinados. «Picho», susurra Adela. No quiere
asustarlo. «Picho», repite un poco más fuerte. Y el recién bautizado se acerca
cauteloso, la olfatea y después le lame la mano. «Cuando compre la carne te voy
a dar un poco», promete Adela. Y Picho aúlla despacito moviendo la cola. Ha
entendido. Adela hace chasquear sus dedos para que el perrazo la siga. Él
parece estar de acuerdo. Y como ya se ve la puertita y el cartel despintado
«ZOI O», la chica enfila directo hacia la carnicería. Entonces pasa una cosa
rara. Picho retrocede, ladra, no quiere entrar por nada. Vuelve a llamarlo y el
perrazo gime y gruñe. En un santiamén desaparece al doblar la esquina.
Entra por la puerta angosta y
se queda absorta mirando el lugar. ¡Qué carnicería extraña! Sólo hay dos
pedazos de carne sobre el mostrador de fórmica gris muy sucio. Algunos ganchos
cuelgan vacíos. A un costado hay una heladera enorme de tres puertas. Del otro
lado una cortina con tiritas metálicas que la corriente de aire balancea. Y
nadie que atienda. Golpea las manos, a la vez que un olor fuerte (¿a cerdo?, ¿a
podrido?) la obliga a fruncir la nariz. ¿Y si se va? No. ¡Cómo va a volver sin
las milanesas! A esta hora, ¿dónde encuentra otra carnicería? Su madre dijo
clarito: «Preguntale al portero». Ella hizo casi lo mismo: le preguntó al hijo.
—Buenas. ¿Hay alguien? —casi
grita, y la voz le sale ronca. Silencio absoluto. Ya da media vuelta para irse
cuando oye la tos. Una tos afónica que parece un graznido. Una débil lamparita
ilumina el negocio. Y afuera ya es de noche. Retrocede un poco asustada. Mejor
se vuelve a su casa. Un tintineo de metales, una mano peluda y la cortina de
colgantes se aparta hada un costado, mostrando el cuerpo voluminoso con un
delantal manchado de sangre. Adela apenas puede reprimir el grito. El carnicero
tiene una cara larga, ensombrecida por pelos. Cejas que tapan los párpados, de
tan, tan gruesas. Pelo largo, más abajo de los hombros y una barba enmarañada.
Un ojo celeste la mira fijo, el otro es marrón. Siente que se le entumece la
lengua y no puede pronunciar palabra. El carnicero avanza hada el mostrador.
—¿Qué buscás? Vendemos sólo a
restaurantes —dice con rudeza.
Adela, muda.
—¿A qué venís? —enojado—. ¿A
espiar?
Adela niega con la cabeza.
Tiene las piernas acalambradas. ¡No puede caminar! El carnicero se acerca más;
casi se inclina sobre el mostrador. Desde abajo, saca un cuchillo largo y le
apunta con él.
—Sos nueva en el barrio, ¿no?
—y con otro cuchillo chiquito empieza a afilarlo.
Adela asiente. Está temblando.
—Ya que estás acá —dice
gritón, impaciente—, pedí de una vez lo que vas a llevar.
Adela mira los dos pedazos de
carne. Ahora le parecen más negros con las moscas que zumban alrededor. Señala
con el índice el más grande. El carnicero lo pincha con el cuchillo largo.
—¿Tortuguita? —pregunta con
voz gruesa.
Adela se estremece. ¡Pobre
tortuguita! ¡Pobre ella! No importa, le dará el pedazo a Picho. Tiene que
escapar de allí. El hombre envuelve la carne en una hoja de diario arrugada,
corta un pedazo del extremo, garabatea unos números y le extiende el paquete.
—Acá tenés la cuenta —brama
furioso.
Adela busca el billete en su
bolsillo y… Un bulto oscuro surge del aire, roza su cabeza y cae en cuatro
patas sobre el mostrador de fórmica. Adela pega un grito. Agarrada al paquete
retrocede mirando con horror la boca abierta, llena de dientes, amenazante, del
gato…
—¡Satanás! —ruge el carnicero
y amenaza al animal con el cuchillo recién afilado.
Adela escapa, corre, vuela por
la calle solitaria. Sin mirar hacia la plaza, sin ver el puente, sin notar que
Picho, el perrazo amarillo, la sigue un trecho largo. Y después se queda atrás,
mirando, ya sin esperanzas, cómo ella se aleja con el paquete envuelto en
diario.
Ciudad de la Paz. Su casa. Ya
está a salvo en el ascensor. Antes de apretar el botón número uno, siente las risitas,
los forcejeos en la escalera. Y una sospecha enorme la llena de rabia. Esos dos
tontos la mandaron ahí a propósito. Tiene que planear algo pronto… para
vengarse.
3
DETECTIVES
Son las nueve. El sol se
esconde de a ratos entre las nubes.
En la casona de la esquina,
Mauro, rubio, pálido, de ojos casi transparentes, mira distraído por la ventana
de su cuarto. En un cantero del jardín, dos gorriones se disputan las migas de
un pedazo de pan. Como todas las mañanas, Ceferina, la cocinera les ha dejado
su comida del día.
Hoy Mauro tuvo que faltar al
colegio porque durante toda la noche no paró de toser y toser. Y ahora se
entretiene mirando a los pajaritos que luchan por devorar su alimento. ¡Qué
aburrido es estar encerrado en el cuarto durante todo el día! «Los tíos son
buenos pero se preocupan demasiado», piensa Mauro. Y no les dice nada, para no
preocuparlos más. ¡Qué rabia no poder salir! Hasta los gorriones volaron y el
cielo sigue nublado. De repente los ve, Fernando y Diego salen juntos del
edificio de enfrente, cruzan la calle y le hacen señas desde la vereda.
Sin hacer caso de la tos,
Mauro abre la ventana de par en par.
—¡Hola! —grita asomado—. ¿Qué
hacen? Entren, así charlamos.
Diego le tira un alfajor de
regalo, que Mauro ataja en el aire.
—Es de dulce de leche, porque
el de chocolate saca granos —se burla.
—¿Por qué no salís vos?
—invita Fernando mostrándole el skate.
Mauro suspira con gesto
resignado.
—No puedo. Tosí toda la noche.
Por eso falté al colegio. ¡Dale! ¡Entren ustedes!
Diego es el primero en
decidirse, da un empujón a Fernando en señal de asentimiento y los dos
destraban la puerta de madera, entran al jardín y después dan un brinco a
través de la ventana abierta.
En el cuarto de Mauro hay de
todo. Computadora, videocasetera, jueguitos electrónicos tirados que él ya no
usa, una radio con grabador y montones de cassettes. En un escritorio de madera
se apilan lapiceras, lápices y marcadores gruesos y finos de todos los colores.
Arriba de la cama marinera, hay una biblioteca de pared a pared llena de
revistas y libros de misterio. Mauro devora esas novelitas en las que pasa de
todo, y siempre cosas peligrosísimas. Fernando elige su revista de historietas
favorita y se despatarra en la cama para hojearla a gusto. Mientras tanto,
Diego y Mauro se zambullen en una discusión.
—Te digo que es una anteojuda
sabelotodo —le informa resentido Diego—. ¡Cómo me hubiera gustado estar en la
carnicería sin que me vean!
—Sin embargo, un día te
propuse ir… a investigar, y no quisiste.
—Ese día…, ah, ya me acuerdo,
tenía prueba —protesta Diego poniéndose colorado.
—¡Qué vas a tener! ¡Miedo
tenías! Para mí que ese carnicero… no vende carne de vaca.
Diego lo mira burlón.
—¡Y qué! Puede vender carne de
cerdo, pollo…
Mauro lo interrumpe
impaciente.
—Quiero decir, que ahí pasa
algo raro. ¿Por qué atiende sólo a restaurantes?
Fernando deja la revista y se
interesa.
—¿Vos qué sospechás?
A Mauro le brillan los ojos.
—No sospecho. Estoy seguro.
Ahí pasa algo raro —y, simulando desinterés, cambia de tema—. Decías que la
anteojuda esa tiene muchos libros. Podríamos intercambiar…
Diego se para de un salto y le
tironea de la manga.
—¡Olvidate de la anteojuda!
Contá qué más sospechás.
Mauro no ceja.
—¿No te das cuenta? Ella debe
de haber visto algo. ¿No dijiste que volvió toda asustada? —Y como para él
mismo—: Tengo que averiguar…
—Sí —Diego asiente a
regañadientes—, y parece que la madre se quejó porque le trajo un pedazo de
carne equivocada.
—¡Ya sabía! ¡Ya sabía!
Mauro camina hacia la
biblioteca haciendo ruiditos con la garganta, como si rascara las cuerdas de
una guitarra. Fernando lo mira alerta, «a ver si ahora se pone a toser —piensa
preocupado— y no termina de contarnos nada».
Pero Mauro no tose, se para en
puntas de pie y saca de la biblioteca un libro de tapas negras y anaranjadas.
—Misterio en el frigorífico
—dice en voz alta—. Tengo que releerlo.
Diego larga una carcajada. Y
se siguen riendo los dos, como si hubieran escuchado el mejor chiste de su
historieta favorita. Cuando por fin se calman, Fernando interrumpe con su
palabrerío todo mezclado.
—Misterio en el frigorífico.
Carne que no es de vaca. Está bien que el carnicero es medio loco pero…
—Vos leés demasiados libros
raros —enfatiza Diego.
Mauro los mira muy serio, casi
con desprecio.
—Los misterios —dice
despacio— también suceden en la realidad. Este barrio por ejemplo —baja el tono
de voz— está lleno de vecinos misteriosos. ¿Lo notaron?
Sus amigos lo miran con
ansiedad, con un nuevo respeto. Los dos están pendientes de sus palabras.
—Vecinos misteriosos, a los
que podríamos investigar —hace una pausa y muestra la tapa del libro ante dos
pares de ojos incrédulos—. Estas cosas pasan. Y para qué sirve un trío
de amigos, si no descubrimos nada emocionante.
—Sí, para qué sirve —repiten
los dos como hipnotizados.
—Entonces…, ¡manos a la obra!
—y Mauro restriega las suyas muy satisfecho.
—¿Y si alguien nos descubre…
investigando? —Diego tiene sus dudas.
—Tenemos que estar preparados
—dice Fernando haciéndose el entendido.
—A ver, déjenme pensar.
Mauro da varias vueltas por el
cuarto, se acerca de nuevo a la biblioteca, elige otro libro, lee una página,
lo cierra, mira a sus amigos y sonríe canchero.
—Se me acaba de ocurrir una
idea. Vamos a escribir nuestros descubrimientos, en una especie de diario. Cada
uno por turno. En la primera página pondremos nuestros datos y un párrafo…
—¿Qué es párrafo? —interrumpe
Diego, que anda medio flojo en Lengua. Y como los nervios le han dado hambre,
mira de reojo el alfajor regalado que Mauro dejó intacto sobre la cama.
—¡Shh! —ruge Mauro que está
inspirado—. Pondremos nuestros datos y unas líneas que dirán: «Por
favor, si encontró este diario entréguelo a nuestras casas. Avise a la policía,
y búsquennos, antes de que sea demasiado tarde. Firmado: Trío MauDieFer.
Detectives de Misterios».
4
LA VENGANZA DE ADELA
Adela mastica su último
caramelo sentada en la escalera.
Diez minutos antes los vio
salir del edificio. Cruzaron corriendo, sin saludarla. Fueron derechito hacia
aquella casa que parece melliza con la de al lado. Derechito a meterse en el
jardín. ¡Ah, no! Ella tiene que hacer algo. ¡Ya van a ver cuando vuelvan!
Porque está decidida a esperarlos.
Para hacer tiempo, y endulzar
la espera, Adela va primero hacia el kiosco a comprar un paquete de su golosina
favorita: caramelos-chicle. Una parte se traga y con la otra se hacen globos.
Hay que tener cuidado. ¡No son para cualquiera!
Ahí está esperando su turno
detrás de una señora con paquetes, cuando oye el vozarrón acalambra-piernas.
Ignorando a la señora (hasta le pateó un paquete) y a Adela, ¡sin respetar la
cola!, el carnicero ordena al dueño del quiosco:
—Dame un paquete de los de
siempre.
Adela tuerce la cabeza, mira
fijo hacia un costado, y bien agachadita se acerca más a la señora.
—Los cigarrillos importados
acaban de llegar. Venga en quince minutos. Todavía no tuve tiempo de
desenvolver el pedido —le contesta con frialdad el quiosquero.
—En quince vuelvo —ruge el
carnicero—. Espero que ya los tenga.
Resoplando impaciente, vuelve
a tropezar con la bolsa de la señora. Y se va, sin pedir disculpas y sin
reconocer (¡por suerte!) el perfil tembloroso de Adela.
—¡Qué maleducado! —protesta la
mujer.
Y sigue quejándose y
rezongando con la aprobación del quiosquero. Adela respira aliviada.
Todavía le dura el susto del
otro día. Culpa de esos dos tontos. Y junto con la rabia y el recuerdo surge
una buenísima idea.
Mastica que te mastica, Adela
está rumiando su venganza.
¡Cómo tardan! ¿Habrán pasado
diez minutos? Si no vienen pronto… ¡Qué suerte! Ya salen, abren el portón de
madera y saludan al chico de bufanda que les grita algo desde la ventana.
¡Bufanda con este calor! ¡Qué amigo raro tienen esos dos! Seguro que es tan
tonto como ellos. Adela va al encuentro de los chicos.
Y los muy tontos se quedan
mirándola sin saber qué hacer. Y como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos
corren hacia la escalera.
—¡Esperen! —dice Adela con voz
firme—. Quiero decirles algo importante.
El gordo se da vuelta
desafiante. El bajito parece más tímido. Adela se dirige a él.
—Puedo contar lo que pasó.
Decir que ustedes me mandaron a esa carnicería —los amenaza—. Decirle a Ramón
—y señalando a Fernando— y a tu papá.
Éste sostiene su mirada sin
inmutarse.
—Mi papá viajó a Bariloche
—dice categórico—. ¡Y no le podes dar un disgusto a mamá porque está
embarazada!
Diego se acerca con su sonrisa
bobalicona.
—Era una broma. No pensamos
que te ibas a asustar tanto —contesta irónico.
—No me asusté… tanto
—lo enfrenta enojada—. Y si hubiera sabido dónde iba, hasta me podría haber divertido.
Fernando la mira incrédulo.
—¿Divertido?
Adela sonríe misteriosa.
—El que más me sorprendió fue
Satanás. Pero no me hizo nada.
—¿Quién? —Diego avanza
interesado.
—Creo que planea matarlo
—sigue Adela, como hablando para sí misma—. Se le acercó con un cuchillo y…
—¿De qué estás hablando?
—interrumpe Diego—. ¿Quién es Satanás?
Ella hace un gesto de asco.
—Un animal horrible. Parece un
puma… o un gato salvaje. El carnicero lo quiso matar. Y a mí me dio miedo, por
eso no tuve más remedio que contarle que ustedes me habían mandado y que se
estaban riendo todo el tiempo.
—¿QUÉ? ¿Eso le dijiste?
—pregunta Diego aterrado.
—¡No tuve más remedio! Le dio
tanta bronca que dijo que iba a venir a buscarlos, por eso quería avisarles.
Adela mira con insistencia
hada la esquina. ¿Habrán pasado ya los quince minutos? Los chicos ríen incrédulos.
—¡Qué miedo! —se burlan—.
¡Cómo tiemblo! —Adela echa otro vistazo apurado…
—¡Miren, ahí viene! —comenta
con voz de triunfo.
Efectivamente, el carnicero,
puntual para conseguir sus cigarrillos, camina a grandes zancadas desde la
vereda opuesta. A Diego y a Fernando se les atraganta la risa. En un segundo
retroceden espantados y escapan por las escaleras.
Desde su puesto de observación
Adela les va informando.
—Ya cruzó la calle. ¿Qué hago
si entra? A mí ya me vio… ¡Chicos, viene para acá!
Y después un silencio. Y
pisadas. Y más pisadas en la escalera. Adela llora y ríe a carcajadas.
—¡Qué susto! ¡Cómo tiemblan!
Era una broma. ¡No pensé que se iban a asustar tanto!
Hechas las paces, los tres
mastican en la escalera. El verdadero relato de Adela suena interesante. ¡Algo
raro pasa en esa carnicería!
—Si es cierto lo que pensás
—opina Fernando— necesitamos pruebas. ¿Te animarías a investigar?
—¡Callate! Ya somos un trío. Y
ella es una chica. ¡Bastante tengo en casa con la mandona de mi hermana!
Adela mira a uno y a otro. Ya
se vengó, ahora quiere saber qué planean. Además está aburrida y recién mudada.
¿Cómo divertirse si no la aceptan en su grupo? ¿Quién será el jefe? ¿El de
bufanda? Con esfuerzo, sonríe humilde y les propone:
—Yo me animo a investigar.
¿Por qué no me cuentan de qué se trata?
Diego mira a Fernando. Todavía
tiene dudas, pero… ¡quién sabe! Ella no es una chica común.
—¿Qué te parece?, ¿la dejamos
participar? —consulta inseguro.
Ahora es Fernando el que se
echa atrás.
—Que decida Mauro.
«¡Así que ése era el jefe!»,
piensa Adela. Y sin querer se le escapa una risita. ¡Con esa bufanda!
5
EMPIEZA LA INVESTIGACIÓN
Mauro camina rápido, la
bufanda azul vuela por el aire haciendo cosquillas en su nariz. La arranca de
un tirón y la guarda en el bolsillo. Ya está a una cuadra de su casa, la tía no
puede verlo. Se detiene para mirar el reloj. Quedaron en encontrarse a las seis
y media en el terreno baldío. Y ya son.
Por Zabala, antes de llegar a
Amenábar, los chicos descubrieron un lugar ideal para esconderse y hacer
planes. El único terreno sin edificar parece un bosquecito olvidado donde las
matas y el pasto crecen libres. Además hay un pino gigante y arbustos. Pronto
construirán allí también, como en todos lados, pero todavía es de ellos.
Mientras camina, Mauro piensa que sería buena idea cavar un pozo y cubrirlo con
hojas para ocultar el diario. Después…, ya verán.
Sentados en un tronco grueso,
arrimado a la pared, sus amigos charlan con la nueva, la anteojuda. Diego y
Fernando escuchan muy interesados. Ella gesticula y les muestra la página de un
cuaderno. Mauro se acerca curioso. «El jefe debe ser el primero en escribir el
diario» —piensa.
—Hola —saluda serio—. ¿Por qué
no me esperaron?
Las cabezas se chocan para
leer. Nadie le hace caso. Vuelve a insistir:
—¡HOLA! —grita acercándose
más—. ¿Qué leen?
Diego levanta la vista del
cuaderno; con un chistido lo invita a sentarse en el tronco. Fernando, sin
apartar los ojos del diario, le hace un lugar. En la primera página del
cuaderno está escrito lo siguiente:
Octubre 22, Belgrano
Vecino misterioso: El
«Carnicero loco». Motivos de la investigación: 1) Intento de matar a Satanás.
2) Vender carne no comestible o robada.
Detective a cargo: Adela
Obarrio y…
Mauro mira asombrado a la
chica. «Tiene buenas ideas» —piensa. Lo de robada no se le había
ocurrido. Al mismo tiempo no quiere reconocerlo. Él manda, ella aún no
ha sido aceptada.
—Está bien —concede sin
entusiasmo—, pero te olvidaste de algunas cosas. Por ahora sos detective a
prueba. ¿No te lo dijeron los chicos? Y agregá primero nuestros nombres: Mauro,
Diego, Fernando. También las direcciones y el párrafo.
—¿Qué era pá…? —trata de
preguntar Diego.
Mauro le dirige una mirada
furibunda y recita:
—«Por favor, si encontró este
diario…» —y se despacha con toda la frase.
Adela anota lo que se le dicta
con letra pareja y estirada. Está ansiosa por entrar en acción. Con voz
entrecortada les explica su plan.
—La carnicería cierra a las
siete. Hay que espiar al carnicero, ver adónde va, cuál es su casa.
Diego la interrumpe irónico.
—No va a ninguna parte. Desde
que llegó al barrio, hace tres meses, vive en la habitación de al lado, con
entrada y salida a la calle —y en tono fanfarrón—: yo lo averigüé. Papá conoce
a todos por acá.
Adela se saca los anteojos y
los limpia con el ruedo de la pollera para ganar tiempo.
—Muy bien —aprueba—. Ya
sabemos dónde vive. Entonces hay que entrar en la carnicería. Y si él no
aparece, abrir la heladera que está contra la pared, para ver que tiene ahí.
Diego lanza una risita
nerviosa.
—¡Y qué te creés que va a
tener en la heladera…! ¿Un cadáver?
Mauro hace un gesto de
impaciencia.
—Mirá, estamos investigando
—con voz severa—. Así que revisar la heladera es una buena idea. Total si no
hay nada…
—Buscamos por otro lado
—agrega Fernando—, o dejamos el caso —y mirando a Adela—: Mientras vos buscás
pistas, nosotros vigilamos la salida desde el puente.
—¡Muy buena idea! —Mauro no
quiere perder la manija de jefe—. Desde el puente se ve toda la cuadra. Si en
quince minutos no volvés, te vamos a buscar.
Fernando está entusiasmado.
Diego, en cambio, mira a sus amigos moviendo la cabeza, nada convencido con el
plan. Se está haciendo de noche, la semioscuridad proyecta sombras gigantescas
en ambos muros del bosquecito. Al fin se atreve a explicar a los otros sus
temores.
—Nos vamos a meter en un lío
bárbaro. Adela exagera y vos, Mauro… Bueno, ustedes se la pasan leyendo cosas
raras.
Adela se enfurece. Así,
enfurecida, se siente más valiente, dispuesta a todo. Saca una linterna del
bolsillo, la prueba, y empieza a caminar sin despedirse.
—Yo voy a averiguar lo que sea
—dice—. El que tenga miedo que se quede.
Tres pares de pies van tras
ella, la siguen a corta distancia hasta doblar la esquina y los chicos la ven
acercarse con cautela a la puerta angosta, que arriba anuncia en su cartel
despintado:
ZOI O CARN ERÍA
Antes de entrar, Adela echa un
vistazo rápido a su alrededor. De repente siente un cuerpo frío frotándose
contra su pierna. El corazón le retumba en el pecho. Aterrada mira hacia abajo.
¿Será Satanás? No es el gato. Un lengüetazo fresco le humedece la mano. ¡Es
Picho! El perrazo amarillo la saluda moviendo la cola. Adela retrocede, lo
acaricia y después lo echa. «Fuera —susurra—, no me podés acompañar. Más tarde
te voy a traer comida». Picho gruñe y finalmente se aleja. Desde la esquina
ladra, como si quisiera prevenirla.
Ya es noche cerrada. Con todo
sigilo, Adela entra en la carnicería. Y como la vez anterior, la encuentra
vacía. No se ve al hombre peludo. Ni siquiera hay pedazos de carne sobre el
mostrador de fórmica. Una lamparita muy débil ilumina apenas el local. A su
izquierda está la heladera de tres puertas. Adela respira hondo, se acerca en
puntillas y abre las dos primeras. Tiene que ser valiente, si no, ¿qué van a
pensar los chicos?
Esa parte de la heladera está
vacía, y aunque fría parece haber sido desenchufada desde hace rato. Abre la
segunda puerta, sin esfuerzo porque el cierre está roto. «Por eso la
desenchufaron —piensa—, no congela». Sólo hay una bolsa de residuos llena, en
un rincón. Está a punto de revisarla, cuando siente el rumor de un auto que se
acerca. El motor acelera y se para, como si le fallara algo por dentro. Por fin
se detiene. El ruido de una puerta que se abre y se cierra, y pasos. Una voz
fuerte llama desde afuera: «Zoilo». El hombre se ha detenido junto a la
ventana. Sin pensarlo más, temiendo ser descubierta, Adela se mete dentro de la
heladera. Tiene el cierre roto y está desenchufada. La puerta entornada le
permitirá respirar… y espiar, sin que la descubran. «Es por un rato —se dice
para cobrar ánimos—, hasta que ese hombre se vaya». Además si ella no sale, los
chicos no tardarán en venir a buscarla.
Por la minúscula abertura, ve
al desconocido que entra. Es petiso, usa traje marrón y tiene los zapatones
embarrados.
—¡Zoilo! —vuelve a gritar
desde adentro—. ¡Vamos que estoy apurado!
Adela no ve al carnicero; oye
el tintineo metálico de la cortina y otros pasos, distintos, más apagados.
Luego la voz inconfundible como un graznido.
—¿Trajiste la mercadería? Poné
todo en la heladera.
6
SOSPECHAS
Ya son las siete y media.
Debajo del puente, en terrenos del ferrocarril, los trabajadores terminaron sus
acarreos. Quedan los galpones solitarios, con sus pilas y pilas de bolsas
acumuladas. En el tinglado de chapas, el único habitado, se reúnen maquinistas
y guardas al resplandor de un farol. Por la única ventana entreabierta, huyen
las risotadas de los hombres que juegan a las cartas.
Picho husmea entre los
galpones buscando qué comer.
Rasguña una bolsa de residuos
con el hocico y las patas y luego la abandona con un gruñido de queja. De una
carrerita llega al puente y se detiene en la subida. Mira hacia arriba y vuelve
a gruñir y a ladrar.
Agazapados junto a la baranda
colorada, los chicos han visto todo. El camioncito gris que llegó carraspeando
y se detuvo frente a la carnicería. Y al hombre de traje marrón que entró y no
volvió a salir.
—Vamos a buscar a Adela
—ordena Mauro preocupado—. ¡Le puede pasar algo!
—¿Y qué le va a pasar? —dice
Diego nervioso—. Además fue ella la que quiso ir. Ya les dije, con una chica no
se puede investigar.
—¡Callate! —lo interrumpe
Fernando repentinamente enojado—. Para ser chica, ¡es muy valiente! Pero yo
pienso que es mejor esperar. Si se escondió, nosotros lo vamos a arruinar todo.
—Está bien —acepta Mauro a
regañadientes—. Esperamos cinco minutos más.
Entretenidos con la charla,
los chicos no han visto al hombre de uniforme azul que salió del tinglado a
tomar aire y que, al descubrirlos asomados, empieza a caminar en dirección a
ellos. Llega sin hacer ruido al primer tramo de subida y les grita desde allí:
—¿Qué hacen? Vamos, chicos,
bajen enseguida. Vengan para acá.
En medio del silencio, el
repentino llamado suena amenazador. Diego y Fernando miran al hombre
paralizados. Mauro no tarda en reaccionar.
—Estamos esperando a una amiga
—dice sin moverse—. Enseguidita bajamos.
—Bajen los tres ahora
—insiste el hombre—. Quiero hacerles unas preguntas.
¿Cómo negarse? Obedecen, y son
conducidos amablemente hasta el tinglado. El de uniforme quiere saber bastantes
cosas. ¿Dónde viven? ¿Qué estaban haciendo ahí? Les puede ocurrir un accidente,
ese tramo es muy peligroso. ¿No ven que taita el alambre tejido y la baranda
tiene barrotes muy separados? No es un buen lugar para jugar. Y menos de noche.
Deberían estar todos durmiendo en sus casas. Mientras el hombre los sermonea,
los minutos vuelan, su amiga sigue en la carnicería y ellos inmovilizados por
el guarda de tren charlatán.
Adela tiembla, aunque dentro
de la heladera desenchufada hace calor. Si el visitante abre la puerta será su
fin… y el fin de la investigación. Le gotean la frente, las manos, la blusa
absorbe como esponja la transpiración.
—No traigo nada —dice el
hombre de saco marrón—. Desde hace unos días han puesto vigilancia.
¡No van a abrir la heladera!
Es tan grande el alivio, que Adela está a punto de llorar.
—¡Cómo que no trajiste nada!
—grita el carnicero—. Hace más de una semana que los clientes esperan.
—¡Calmate, no grites! —chista
el otro—. Te dije que vigilan. Acordate de que la mercadería no es limpia. Va a
ser mejor que te vengas vos a Zárate a buscarla.
—Está bien —contesta Zoilo en
un graznido—. El sábado tomo el último ómnibus. Esperame en la terminal. Y me
llevás enseguida a la fábrica a cargar el bulto. ¡No me falles! —amenaza—. Mirá
que los clientes ya pagaron la mitad.
—Entonces, ¿me podes dar otro
adelanto? Ando sin efectivo y… ¡Pará! ¡No te enojes! —con voz agitada—. Te
busco el sábado en la terminal.
Adela pega un respingo. La
sorprende un ruido seco seguido de un jadeo. El hombre de marrón retrocede,
como si bailara.
Los pasos se alejan.
Desaparecen los zapatones. No hay más voces ni otros sonidos por un rato. Sin
embargo la chica presiente que el carnicero todavía está allí. El chirrido de
la sierra eléctrica se lo confirma. ¡Está cortando carne! ¿Cuánto más podrá
resistir? Tiene mucho calor, las mejillas le arden por tantos nervios. «Era
cierto —piensa sofocada— vende carne que no es comestible. El de marrón dijo
que no era limpia. Sospecha número dos confirmada, tengo que salir y decírselo
a los chicos». Envalentonada se incorpora y espía en cuclillas por la rendija.
Entonces la suela de los zapatos resbala en la superficie húmeda y el cuerpo se
bambolea hacia un costado. Trata de incorporarse apoyando el codo y el brazo
derechos, y sin querer mete la mano en la bolsa de residuos. Tantea algo frío y
duro. Repugnada saca la mano. No hay más remedio, tiene que revisar
dentro de la bolsa. Podría ser una pista. Con dedos húmedos busca la linterna
en su bolsillo. La sostiene con una mano, con la otra corre el borde del
plástico y enfoca con el haz de luz. Adela ahoga un grito de espanto. El gato,
inmóvil, con la boca entreabierta, tiene un tajo que le parte en dos la
garganta. Y no puede contenerse: abre la puerta. Sin saber si estará a salvo
del Carnicero Loco. Con el estómago revuelto y la impresión martillando en su
cerebro. Satanás asesinado. Sospecha número uno, confirmada.
7
¿QUIÉN SE ANIMA A IR A ZÁRATE?
—¿Estás segura? —Diego no
puede creer lo que oye.
—¡Vamos! —pide Fernando—.
Contalo todo otra vez.
Adela está segura: pudo
escapar sin ser vista. Ahora, más repuesta del susto y del asco por haber
descubierto al gato muerto, empieza a sentirse la heroína del día.
Mientras tanto, Picho, que la
siguió y espera su promesa comestible, husmea hambriento los bolsillos de
Diego.
En el bosquecito sopla una
brisa cálida. Salvo las luces que se escabullen al paso de los autos, los rodea
una casi oscuridad. Los chicos no piensan que ya es hora de volver a sus casas,
el relato de la anteojuda es demasiado excitante. Los tres la escuchan en
respetuoso silencio. Cuando ella hace un alto, sofocada, Mauro aprovecha para
tomar la palabra.
—Yo estaba seguro de que ahí
pasaba algo raro —dice fanfarrón. Y mira con ironía a Diego—: ¿Viste? Después
de todo, sí había un cadáver en la heladera. Pero la investigación
recién empieza. ¿Quién se anima a ir a Zárate?
—Voy a tener que ir yo
—interviene Diego con un suspiro—. Tengo una buena excusa.
—¿Qué excusa? —pregunta
sorprendido Fernando—. ¿No era Diego el que se oponía a investigar?
—Mi tía vive ahí, es soltera y
siempre me está pidiendo que la vaya a visitar.
—¡Qué buena suerte! —grita
Mauro.
—¡No te creas! —gruñe Diego—.
Vos porque no la conocés a mi tía. Es buena, pero habla y habla sin parar.
—¿Y yo no te puedo acompañar?
—arriesga Fernando.
Adela mira furiosa a los
varones. Después de semejante aventura y de todo lo que averiguó, ¿la van a
hacer a un lado? Se para enojadísima. Picho salta entusiasmado creyendo que le
llegó el turno de engullir algo comestible.
—Esperen un poco. ¿Soy o no
soy la detective a cargo? Es obvio que tendría que ir yo.
—Detective a prueba
—corrige Mauro—. Bueno…, si se te ocurre una excusa mejor que la de Diego…
Adela vuelve a sentarse
desanimada. No tiene ningún pretexto para viajar a Zárate. Durante la semana
sus padres trabajan todo el día y ella decide muchas cosas sola pero… ¡Ni
pensar en escaparse tan lejos un sábado! Ellos se pondrían furiosos. Su
silencio anima a los chicos.
—Creo que Fernando puede venir
conmigo —dice Diego entusiasmándose—. Si su mamá lo deja, claro.
—¿Y por qué no le pedís
permiso a tu papá? —pregunta Adela, todavía un poco resentida.
—Papá trabaja en Bariloche.
Viene una vez por mes. Antes vivíamos todos allá, pero mamá extrañaba y tuvimos
que volver —y avergonzado por tanta explicación, afirma agrandado—: no te
preocupes Diego, puedo ir a Zárate a investigar. De pedir permiso, ¡me encargo
yo!
Y fue más fácil de lo que
esperaban, porque ni siquiera tuvieron que pedir ellos el permiso. Ese mismo
viernes, por la mañana, como si hubiera adivinado los pensamientos de los
chicos, la propia tía Braulia llamó por teléfono. ¡Y Diego atendió! ¡Qué
contenta se puso la tía cuando él le dijo todo lo que la extrañaba! ¿A ella no
le molestaría que fuera a visitarla el sábado? Sí, este sábado, y con un amigo.
Un amigo que estaba deseando conocer Zárate. ¡Pobre Fernando! (así se llamaba),
necesitaba distraerse un poco. ¡Extrañaba tanto a su papá! No, a la tía Braulia
no le importaba que fueran, es más, estaría chochísima de tenerlos de visita a
los dos. Y ella en persona, se encargó de hablar enseguida con los padres de
Diego.
Una hora más tarde, Ramón,
asombradísimo, («¿desde cuándo Diego extrañaba tanto a la tía?», pensaba) tocó
el timbre del departamento de Fernando para hablar con Ana, la mamá. Y después
de algunas explicaciones, la mamá, asombradísima, («¿desde cuándo Fernando
estaba deseando conocer Zarate?», pensaba) aceptó el viaje de los chicos.
Sí, fue más fácil de lo que
esperaban.
Son las diez de la mañana del
sábado. Los dos amigos y Ramón (que insistió en acompañarlos para estar seguro
de que no se confundieran de ómnibus), llegan a la terminal de plaza Once.
Cargados con sus mochilas,
Fernando y Diego no paran de codearse y secretear. Ya el ómnibus abre sus
puertas, cuando Diego recuerda algo importantísimo: no lleva «refuerzos
comestibles» para el viaje.
—Ya vuelvo —dice
repentinamente.
Y sale disparando hacia el
kiosco más cercano. Mentalmente hace una lista de las provisiones necesarias:
cuatro alfajores, una bolsa de masticables, dos jugos de manzana y… Pero antes
de llegar al kiosco tiene que volver porque Fernando grita como un loco, y
Ramón lo llama.
Ya les llega el turno de
subir, y no es cuestión de perder sus asientos y viajar más de dos horas
parados. «¡Los sacrificios que hay que hacer por la investigación!».
El ómnibus frena, se sacude,
dobla. Es mediodía. Diego se despierta. El estómago le hace puros ruidos y está
de malhumor. Fernando le tironea del brazo.
—Llegamos a Zárate.
El ómnibus corre a los
resoplidos por Almirante Brown, como una bestia impaciente por llegar a su
guarida. Al pasar por la heladería moderna, recién inaugurada en la esquina,
Diego se reanima un poco. «Esta vez —piensa— me voy a comer un cucuruchón, ¡y
nadie me va a apurar!».
Fernando observa asombrado la
pared de la entrada a la estación. Una pintura-mural de un hombre con barba les
da la bienvenida. Fernando recuerda al carnicero Loco, el encuentro de esa
noche, y un escalofrío le recorre la espalda. No están sólo de paseo. Han
venido a investigar. La terminal, un túnel ancho y oscuro, rodeado por ventanas
circulares, los inspecciona con sus ojos gigantescos. Y no se ve a la tía
Braulia por ninguna parte.
Recorren el lugar de punta a
punta. Por fin, desalentados, se sientan a esperarla en un banco de piedra.
Al rato, desde un altoparlante
los llaman por sus nombres: Diego Gómez y Fernando Malbrán, presentarse en
informes, ventanilla cuatro.
Braulia les ha dejado un
mensaje. Está muy atrasada, es mejor que la esperen en la heladería. Pueden
pedir dos cucuruchones. Ya están pagos.
A pesar del cansancio Diego
empieza a caminar rapidísimo. Y Fernando, ¿por qué se quedó tan atrás? Fernando
se ha tomado en serio su papel de turista. En el minibar de la terminal examina
interesado una vieja fonola. Desde la puerta, Diego le hace señas para que se
apure. Nada.
—¿Este armatoste funciona?
—pregunta Fernando al joven del mostrador.
—¡Claro que sí! Tenés que
poner una moneda y apretar los botones. Primero fijate si te gusta alguno de
los temas —le advierte—. Mirá que son muy viejos.
Y ante la desesperación de
Diego que no aparta la vista de la heladería de enfrente, Fernando busca
monedas en la caja y las coloca en la ranura. Una música con ruidos empieza a
sonar.
—¿Qué pusiste? —Diego pregunta
furioso a su amigo, sin moverse de la puerta.
—¡Una canción de los Beatles!
—grita el otro sin inmutarse—. Es el grupo preferido de papá.
Pero Diego ya no lo escucha.
Contempla con ojos desorbitados la cortina metálica de la heladería que
lentamente empieza a bajar. Está a punto de gritarle que se apure, que a lo
mejor todavía llegan, cuando lo ve. El hombre cruza la calle y se acerca a
pasos cortos. Es muy petiso, usa traje marrón y tiene unos ridículos zapatones.
Diego le da la espalda justo a tiempo. El hombre no lo ha visto, se dirige
apurado hacia una de las ventanillas.
—El último ómnibus que sale de
Buenos Aires esta noche —pregunta con voz aflautada—, ¿a qué hora llega, por
favor?
8
LA TÍA BRAULIA
A medianoche, sí o sí, tendrán
que volver a la estación de ómnibus. Ya saben la hora del encuentro. El
carnicero y el hombre de marrón deberán ser vigilados.
Fernando no hace más que
pensar en esto, cuando ve llegar a Braulia, demorada pero entusiasmadísima.
Justo a tiempo para impedir que los dueños cierren la heladería a la hora de la
siesta. Y pedir así los famosos cucuruchones. La tía viene cargada de bolsas y
proyectos para compartir una tarde entera de excursión con los chicos.
—Fernando no puede irse sin
conocer Zárate a fondo. Si tenemos tiempo también podríamos visitar Lima, es un
pueblito muy pintoresco.
Los dos asienten en silencio.
Diego, muy concentrado, lame su helado de frutilla y frambuesa. Fernando
mastica el suyo de dulce de leche y dulce de leche granizado.
—¿No te duelen los dientes con
el frío? —investiga Diego admirado con la técnica de mordisco de su amigo.
No, a Fernando no le duelen
los dientes, lamerlo, en cambio, le congelaría la lengua. Braulia ignora los
pormenores de la charla y sigue insistiendo.
—Ya tengo todo preparado. Y
alquilé unas bicicletas para no cansarnos. Primero vamos a conocer el centro,
después el Náutico, el puerto y el puente Zárate Brazo Largo, el orgullo de por
acá.
Terminados los helados, los
tres toman un colectivo hasta Villa Fox. Allí la tía tiene su casa de ladrillos
con ventanas pintadas de verde y un cartelito en la puerta que dice: «Modista».
El almuerzo liviano está listo en un santiamén: salchichas con puré y sendos
pedazos de torta de chocolate. ¡Tras semejante helado nadie quiere comer más!
Las bicicletas esperan. Y a
pedalear, a pedalear sin desmayos hasta la plaza. Y a mirar hacia donde indica
la tía.
—Fernando, ésa es la
municipalidad —comenta orgullosa—, ¿viste qué linda la iglesia?
Fernando recuerda la capilla
del hotel Llao Llao, cerca de su querido Bariloche. Va a hacer un comentario
pero cierra la boca. No quiere ofender a Braulia. «Además, todas las iglesias
son lindas», piensa para sí.
—Esa es la escuela donde yo
estudié —sigue diciendo la tía de Diego—. Ahora vamos hasta el río, síganme,
quiero mostrarles el club Náutico. ¡Animo! ¡Andando!
El camino baja y sube. Diego
baja y sube, frena, pedalea el doble y transpira. Fernando mira hacia la
derecha; parece que están llegando. ¡Menos mal! Ya se ve un inmenso galpón de
chapas para guardar los botes, un globo inflable protege la gran pileta. Más
allá, una escalinata conduce directo al río. Fernando es el primero en bajar de
la bicicleta; se saca los zapatos y mete los pies calientes en el agua
fresquita. Diego ya se acerca dispuesto a chapalear. Muy próximos a la costa
pasan los barquitos de plástico timoneados por chicos de su edad. ¡Qué envidia
sienten los dos! ¡Qué suertudos! La tía sorprende sus miradas curiosas y
explica.
—Esos veleritos se llaman
«optimist». Hay chicos que navegan desde los cinco años. Otro día voy a
averiguar si se alquilan.
¡Qué buena idea! Dan ganas de
quedarse toda la tarde a la sombra, con los pies metidos en el agua, mirando
pasar los barcos nuevitos. La tía, en cambio, tiene otros planes. Ya está otra
vez subida en su bicicleta y les hace señas para que se apuren. El tiempo pasa
volando y todavía queda mucho camino por recorrer.
—Vamos a tomar un desvío
—propone Braulia— y de paso ven el puente de lejos. Síganme.
Y la siguen. Fernando con
menos entusiasmo que calor. Diego, pedaleando a los resoplidos. A su bicicleta
alquilada hubo que subirle el asiento y el volante. Aun así, tiene que pedalear
el doble que los otros para no quedarse atrás. El camino, ahora en subida,
tuerce hacia la derecha y continúa en línea recta. De un lado, casitas
humildes, algún rancho, un almacén, del otro el bañado, un extenso manchón
verde. En una esquina, Braulia dobla para internarse en la huella que cruza la
Villa Angus. Los chicos se detienen casi al mismo tiempo. Frente a ellos el
camino se trunca en un portón enorme, con pilares, rejas y faroles a cada lado.
El cartel muestra un sol desteñido y abajo el nombre: Reysol. El lugar
es semejante a una fortaleza abandonada. Con edificios, en lugar de castillos.
Edificios antiguos de paredes grises y muchas ventanas con los vidrios rotos.
Un cuidador dormido, en su casilla desvencijada, es el centinela de Reysol.
Pero no son los edificios viejos, ni el portal de la entrada lo que más
sorprende a los chicos. A escasos metros de la casilla, estacionado frente a un
galpón de chapas, hay un camioncito gris.
Diego y Fernando no pueden
creer en semejante coincidencia. Aunque están casi seguros ninguno de los dos
se atreve a confirmar en voz alta su descubrimiento. Hasta que Fernando
reacciona:
—Parece el mismo camioncito
del tipo de marrón —dice con voz ahogada.
—Sí, es idéntico al que paró
en la carnicería —afirma Diego—. ¿Qué lugar será éste? ¿Un frigorífico?
—Hay que preguntarle a tu tía
—dice Fernando—. ¡Vamos!
Pedaleando vigorosamente
logran alcanzar a Braulia. Diego toma aliento y hace su pregunta. Enseguida
comienzan las explicaciones: Antes, Reysol era una fábrica de hilados de
rayón. La tía lo sabe muy bien, porque desde chica se crio entre sedas y
géneros. Su madre también era modista y le contaba que…
—¿Seguro que no hay un
frigorífico ahí? —insiste Diego.
La tía lo mira molesta por la
interrupción. «Justo les estaba explicando que cuando cerró la fábrica, mi
mamá…». Diego frena de golpe, un cascote enorme se le incrustó en la rueda,
pierde el equilibrio y cae con la bicicleta y todo sobre la calle de tierra.
Desde el piso, se sacude el polvo de la panza y las rodillas, y exclama
furioso:
—Pero ahora, ¿es o no
es un frigorífico?
Braulia, que ha bajado de su
bici dispuesta a socorrerlo, retrocede extrañada. ¿Qué le pasa a su sobrino?
¿Por qué tanto interés en una fábrica vieja que ya no funciona?
—No sé —admite—, está cerrada.
A lo mejor alquilan el galpón o alguno de los edificios. ¿Quieren conocer un
frigorífico? Los puedo llevar a la Cooperativa Martín Fierro, si pedaleamos…
—NO —grita Diego, subiendo a
duras penas a su bicicleta—. No queremos conocer nada más, lo que pasa es que ese
lugar le gustó a Fernando.
Y dirige a su amigo una mirada
amenazante: «Ojo con abrir la boca. No metas la pata», le telegrafía con la
mente.
Fernando ha entendido, no
piensa pronunciar palabra. Ninguno de los dos vuelve a pronunciar palabra. Ahora
la tía parlanchina y dinámica propone visitar la Cooperativa Martín Fierro, que
antes se llamaba frigorífico Smithfield y era de los ingleses cuando todavía
estaban… Y pedalea ágil en esa dirección. ¿Cómo va a privar a Fernando de
conocer ese lugar? Dando un gemido, Diego la sigue; siente los músculos de las
piernas como pelotas de madera. Fernando también está cansado, pero algo mucho
más urgente lo preocupa. ¿Qué hacía el camioncito gris en Reysol?
¿Podrán salir esa noche sin despertar sospechas? Ya están en Zárate, y la
investigación se vuelve más complicada de lo que pensaban.
9
CITA A MEDIANOCHE
Han terminado de comer; la
tarta de jamón y queso, especialidad de Braulia, estaba exquisita. De postre,
en honor a los huéspedes, la tía preparó una fuente de panqueques con dulce de
leche. Agotados por la suculenta comida y la larga bicicleteada, los chicos apenas
escuchan su charla. Mientras hilvana una pollera, Braulia sigue instruyendo a
Fernando sobre los encantos de la ciudad y sus alrededores.
Diego mira de reojo su reloj
pulsera: son las once pasadas. No olvida la aventura que los espera, pero se le
cierran los ojos del cansancio. De repente, un comentario de Braulia lo
despabila.
—Han desaparecido vacas en
muchos campos últimamente. Los dueños están preocupados. La gente comenta que
en lugares clandestinos se vende la carne robada.
—¿Y dónde quedan esos lugares
clandestinos?
—¿La policía no hace nada?
Preguntan los chicos casi al
mismo tiempo.
La tía deja de coser y los
mira sorprendida.
—Bueno, son clandestinos,
nadie sabe dónde están —balbucea insegura—, son rumores. Y la policía se queja
de que tiene tantas denuncias que no puede atenderlas a todas. Y que les falta
personal, autos y cosas así.
—¿Cómo se hacen las denuncias?
—quiere saber Fernando.
—La gente va a la policía y
dice lo que sabe. Aunque también hay denuncias anónimas. Los que tienen miedo
prefieren hablar por teléfono y denunciar sin dar sus nombres.
¡En eso no habían pensado!
«Parece bastante fácil —se dice Fernando—, si descubren algo raro pueden llamar
por teléfono a la comisaría y haciendo voz de grandes decir lo que saben».
—¿Por qué no cambiamos de
tema? —propone incómoda la tía—. No sé por qué les cuento todo esto. No son
cosas de chicos. ¿Qué les pareció el paseo de hoy? Se acuerdan de…
La tía vuelve a su costura y
se zambulle contenta en otra charla.
Es casi medianoche. La
terminal queda un poco lejos. Para encontrar un buen escondite y observar sin
ser vistos, tendrían que llegar temprano. Y Braulia no habla una palabra… de
irse a dormir. Los chicos se miran desconsolados. ¿Habrán venido hasta Zárate
para nada? ¿Qué les dirán a la vuelta a sus amigos? El campanilleo insistente
del teléfono los llena de esperanzas. Braulia va a atender. Los chicos
cuchichean desesperados.
—¿Hasta qué hora se quedará
levantada? ¿Qué vamos a hacer?
—No te preocupes —lo
tranquiliza Diego—. Finjamos que tenemos mucho sueño y ella también se va a ir
a acostar. Vos hacé lo que yo te diga.
Al rato entra la tía muy
animada.
—Era tu papá, Diego, y la mamá
de tu amigo. No pudieron comunicarse antes, querían saber cómo habían llegado
y…
Al ver a los chicos en
semejantes posturas baja la voz.
Diego yace derrumbado en el
sillón, con las piernas colgando y los ojos cerrados. Fernando, sentado en su
silla, ronca y silba, con la cabeza y los brazos apoyados sobre la mesa.
—¡Qué barbaridad! —murmura
ella en voz baja—. ¡Pobrecitos! ¡Qué tarde se ha hecho! —Y toca primero a su
sobrino de lo más afligida.
—¡Qué pasa! ¡Qué pasa! —Diego
da un respingo y abre los ojos como platos.
—Nada querido —dice Braulia
con suavidad—. Es mejor que se vayan a la cama.
Fernando despierta con un
ronquido fortísimo, murmura inentendibles perdones, y acompaña a su amigo
arrastrando los pies. Braulia los despide en la puerta del dormitorio; con
remordimientos, al pensar en el largo paseo, se dirige bostezando al suyo.
Ya en el cuarto, los chicos
discuten el plan de Diego en voz muy baja.
Media hora después, cuando
suponen que la tía está acostada, se levantan a ponerlo en práctica en puntas
de pie. Sacan dos frazadas del ropero y se reparten la ropa de las mochilas:
dos jeans, dos suéteres y dos remeras. Cada uno fabrica un cuerpo
simulado y lo introduce en su cama. Las sábanas subidas hasta la almohada.
Apenas deben verse los mechones oscuros (dos medias marrones de Diego),
imitación pelo.
—¿Te parece que no sospechará?
—Fernando acomoda su media cabellera.
—Estoy seguro —lo ataja
Diego—. En la oscuridad… Además ella no va a entrar al cuarto. Esto es por las
dudas. Poné la almohada más cerca de la cabeza. Tenés muy poco pelo.
Y Diego adhiere la sábana a su
cuerpo con aire profesional. ¿Se habrá hecho más flaco? No. Ni se le nota.
Sorpresivamente, la voz de
Braulia retumba en la casa silenciosa.
—¡Diego! ¿Estás despierto?
Y los chicos paralizados del
susto.
—¿Qué hacemos? —murmura
Fernando sin voz.
—Meternos debajo de las camas.
Y cada uno corre a deslizarse
bajo la propia.
La tía camina por el corredor.
Golpea con insistencia la puerta.
—¿Todavía están despiertos? Oí
ruidos raros. ¿Eran ustedes?
Silencio. El picaporte se
inclina, baja lentamente. La puerta se abre unos centímetros. Entra la tenue
luz del pasillo. Diego no puede ver a su tía. Pero ella sí debe de estar viendo
el interior del cuarto. Desesperado, ruega que su truco tenga efecto. Con un
chirrido, la puerta se abre unos centímetros más. ¡Están perdidos! ¡Va a entrar!
Como si hubiera cambiado de
idea, o temiera despertarlos, Braulia vuelve a entornarla con suavidad. Y los
pasos se pierden en el pasillo, y otra puerta, la del dormitorio de la tía,
acaba de cerrarse. ¡Apenas se atreven a creerlo!
Diego emerge del suelo, sucio,
despeinado, pero con los ojos brillantes.
—¡Vamos! —cuchichea animado—.
Ya no va a volver. ¡El truco resultó!
Sin pérdida de tiempo, abren
la ventana, saltan un metro escaso hasta el jardín y corren a buscar las
bicicletas en el cuarto de herramientas.
En la estación de ómnibus, un
grupo de personas espera el último «Chevallier». ¿Dónde ubicarse para no llamar
la atención? Hay poca gente. A esa hora no es fácil pasar inadvertidos. Por
nada del mundo querrían ser vistos por el carnicero y el hombre de marrón. En
el reloj de Diego ya es la una y cuarto. Los chicos deciden vigilar la terminal
desde la heladería.
Pese a lo avanzado de la hora,
el negocio sigue abierto y varios pasajeros, entre ellos un chico morochito,
chupetean sus helados sin hacerles el menor caso. La emoción por la escapada no
le impide a Diego envidiarles los helados. Fernando, en cambio, observa atento
hada la calle. La garganta se le seca de repente. El camioncito gris acaba de
aparecer y se estaciona enfrente. Baja el hombre de marrón, irreconocible sin
su traje, con unos jeans azules y enormes zapatillas. Por su aspecto y
el vehículo, no pueden estar equivocados. Diego codea a Fernando.
—Es él. Estoy seguro.
Han vuelto en busca de sus
bicicletas, encadenadas un rato antes a un plátano, y ahora esperan en la
esquina protegidos tras el ancho tronco.
Agazapados, espiando, a las
dos en punto, ven pasar el ómnibus furibundo y a los resoplidos. Minutos
después divisan las dos siluetas. El carnicero barbudo lleva un bolsón de
viaje, el de marrón le trota al lado. Sin hablar, el extraño dúo llega hasta el
camioncito estacionado.
—Apenas arranquen —susurra
Fernando, que se ha quedado sin voz—, los seguimos.
Diego asiente, con la
respiración agitada y un pie listo en el pedal. Los dos saben que la
investigación recién empieza. ¡Y que ahora va en serio!
10
EL HOMBRE DE MARRÓN
Todo está saliendo bien, casi
igual a lo imaginado. Al poco rato de seguir al vehículo, a prudente distancia
y con precauciones para no ser vistos, los chicos confirman lo que sospechaban.
—Es el mismo camino que
hicimos nosotros esta tarde. Van a Reysol.
Diego tiene razón. El camión
baja, dobla a la derecha, sigue por la huella conocida y al llegar al portón se
detiene.
El guardia no está en su
casilla. El lugar parece desierto. El vehículo entra con los faros apagados y
estaciona frente al destartalado galpón. Los dos hombres no tardan en descender
y se pierden juntos entre los edificios.
A un costado del camino, los
chicos no se deciden.
—Ahora, ¿qué hacemos? —dice
Diego desorientado.
«¿Qué hacemos?», piensa
también Fernando. Esta parte de la investigación no la tenían bien planeada.
¿Deben esperar a que los hombres salgan? ¿Podrán averiguar algo desde afuera?
—Demos una vuelta alrededor de
la fábrica. Por si llega otro auto. El carnicero vino a buscar su mercadería,
en algo pensará llevarla. En ese bolsón de viaje no le entra.
—A lo mejor el petiso lo
acerca en su camión.
—¿Hasta Buenos Aires? ¿Para
qué lo hizo venir entonces? Le hubiera llevado la carne él y listo.
Diego se pone colorado de
vergüenza. Su amigo tiene razón.
¡Para qué habrá abierto la
boca sin pensar! Se exprime el cerebro y arriesga.
—Seguro que el carnicero tiene
un cómplice. Alguien que va a venir a buscarlo.
—O ya vino, y está
escondido, esperando.
Los chicos miran asustados a
su alrededor. No se ve un alma en el camino de tierra. Aun así, deben actuar
con rapidez. Podrían descubrirlos a ellos; o ellos no descubrir nada por
quedarse ahí discutiendo.
A un lado del huellón
principal, en terrenos del bañado, encuentran una casucha de madera,
semiderruida y llena de yuyos. Ocultan allí las bicicletas.
Poco después, entran sigilosos
a Reysol. Y dan un rodeo, lo más lejos posible del galpón, bordeando los
restantes edificios. Tras las fachadas grises, el terreno se continúa en
pastizales altos que llegan al río. Amarrada a un desvencijado muelle, una
lancha cubierta por una lona verde balancea su panza al compás de la corriente.
—Vamos a examinarla —se
entusiasma Fernando.
El ruido de un vehículo que se
aproxima enfría los ánimos de los chicos. Un Jeep blanco y azul entra
sorpresivamente y se dirige con los faros encendidos al frente mismo del
galpón.
En el medio del descampado,
los chicos son un blanco visible para la luz de los faros. Fernando mira hacia
la lancha y sin pensarlo más corre hacia allí arrastrando a Diego. Sorprendido,
éste trastabilla, cae y se levanta con gesto de dolor.
Fernando ya está en cubierta.
Sortea cabos y forcejea hasta levantar un extremo de la lona verde. Por primera
vez en su vida, da gracias por ser menudo y bajito. Él puede entrar por ese
hueco. ¿Podrá Diego? Su amigo, en el escalón del muelle, no se decide a saltar.
Está pálido y se frota con insistencia el tobillo.
—Creo que me lo torcí en la
corrida —dice con una mueca.
—Saltá en un pie o tirate
sobre la lona. Acá no hay nada duro, ya tanteé —y observando el Jeep que se
acerca—: ¡Apurate! ¡Nos pueden descubrir!
Diego cae como un saco de ropa
sobre la superficie verde y brillante. Ayudado por su amigo, logra introducir
primero las piernas y el resto del cuerpo entra con dificultad. La cabeza asoma
por un espacio libre entre las ataduras de la lona. Aquí estarán a salvo,
tienen un buen escondite, Fernando vuelve a salir, Es mejor que él vigile medio
en cuclillas, mientras Diego descansa su tobillo.
En pocos segundos, comprueba
aliviado que el visitante se detiene junto al camioncito gris. Enseguida se
abre la puerta del galpón. Salen el carnicero y el hombrecito de marrón
transportando varios bultos que ubican en la parte trasera del Jeep. Tras el
acarreo, el conductor enciende el motor. El carnicero trata de subirse. El
hombre de marrón quiere impedir su partida; señala la carga con ademanes
airados. El otro lo empuja. Discuten. De improviso, el barbudo lo golpea en
plena cara y sigue pegándole hasta que cae de bruces al suelo. Con agilidad
sorprendente, el hombrón trepa al Jeep en movimiento, que se pierde a los
tumbos por el camino. Casi de inmediato, el petiso se levanta, sube al
camioncito y lo hace arrancar. Pero no persigue al otro vehículo, enfila
directo hacia el río, hacia la lancha, ¡hacia ellos!
Fernando contempla aterrado el
avance. No hay tiempo para escapar.
—Metete bien adentro que yo me
tiro, ¡vamos, rápido! —a Fernando le sorprende oír su propia voz, tan ronca y
angustiada.
Y como puede, empuja a Diego.
Ya no logran ver nada ahora, escondidos como están, casi asfixiados bajo la
lona. Con los cuerpos y las caras incrustadas entre bolsas enormes, con un
fuerte olor a carne y a comestibles. No pueden ver. Sí oír. Por eso saben que
el camión se ha detenido, que el conductor se acerca con pasos desparejos, que
sube con dificultad y, maldiciendo, desata la soga amarrada al muelle. Pone en
marcha el motor y no alcanza a descubrir, en la noche sin luna, que a popa el
bulto es mayor que a proa. Y la lona tira más que antes de sus sogas anudadas.
Ni siquiera sospecha que a bordo hay dos pasajeros nuevos.
La embarcación navega con un
motor silencioso. Atrapados en la oscuridad es difícil adivinar hacia dónde se
dirigen. Diego, que conoce la zona, tiene una vaga idea de su posible destino.
Todavía le duele el tobillo. Ahora está seguro: se lo ha torcido. Pero el
accidente no es nada comparado con sus negros pensamientos. Sí, recuerda
perfectamente una región peligrosa cruzando el río. «Tierra de nadie», según le
contó su tía, convertida desde hace tiempo en escondite de delincuentes. Muchas
historias circulan en Zárate. Historias de presos fugados de las cárceles que
viven allí tan tranquilos. Braulia dice que son exageraciones del vecindario.
Ahora, en su sofocante prisión, a Diego no le parecen exageraciones. ¿Y si lo
que cuentan fuera cierto?
Fernando, ignorando los
presentimientos de su amigo, trata de conservar alguna esperanza. «Cuando la
lancha se detenga —piensa—, encontrarán la forma de escapar. La cuestión es:
¿cómo salir sin ser vistos?».
11
PELIGRO EN LA ISLA
La lancha disminuye la
velocidad, se acorta la distancia que la separa de la costa. Están llegando a
la isla. El motor se apaga. El hombre de marrón, con una herida sangrante en el
labio y el pómulo derecho, sostiene una linterna que prende y apaga enfocando
el muelle. Al no recibir respuesta, baja la linterna, toma el extremo del cabo
anudado a cubierta y estirándose trata de amarrar la embarcación. Apenas lo
consigue desciende con la linterna encendida en la mano.
Bajo la lona, atento a cada
ruido, Fernando advierte el peso que abandona la lancha. Se arrastra entonces
por la borda opuesta y trata de asomar la cabeza. El aire fresco en plena cara
le arranca un suspiro de alivio. El hombre, de espaldas a la lancha, no puede
verlo. Fernando llama a Diego y lo alienta para que salga. Pronto son dos las
cabezas que apenas emergen. Los cuchicheos urgentes, sólo un susurro.
—Está haciendo señas a
alguien.
—Cada vez entiendo menos.
¿Cómo hacemos para salir sin que nos vea?
—No se puede —razona
Fernando—. Esperemos a ver qué pasa.
Crujidos de ramas y varios
silbidos cortos alertan al hombre. Desde allí, los chicos sólo ven al conductor
del camioncito y sombras que confunden con siluetas o con árboles. Oyen voces.
Son dos los que se acercan.
Con viento a favor, la conversación llega nítida a los oídos de los chicos.
—Lo esperábamos más temprano
—reprocha una voz ronca.
—Hubo complicaciones. No pude
venir antes.
—¿Trajo la plata y los
comestibles?
—Traje comestibles. Ya les
dije que hubo complicaciones. El tipo se negó a pagar, pidió plazo, discutimos.
Cuando lo amenacé me atacó por sorpresa. Se fue en un Jeep con toda la
mercadería y no lo pude detener. Mire cómo tengo la cara.
—Eso no fue lo que arreglamos
—el vozarrón es áspero.
—¡Les voy a pagar! ¡Denme unos
días!
—¡A más tardar mañana! O…
—Esperá, Víctor —interviene
otra voz aguda—. ¡Pucha que le pegaron feo, Don! ¿Qué hacemos? ¿Lo boleteamos?
—¡Es cosa mía! ¡Yo me encargo!
—se enfurece el de marrón.
—Mire que si usted manda…
Tenemos gente que se va para Buenos Aires y…
—¡Yo no mando nada! Ustedes me
siguen con las carneadas que yo me encargo del tipo. Ahora vamos a bajar las
bolsas de la lancha. Quiero terminar de una vez.
Diego y Fernando están
desesperados. ¡Van a descargar las bolsas de la lancha! ¿Qué harán cuando los
encuentren? ¿Boletearlos también a ellos? Diego, muy pálido, contempla la
negrura del río. Fernando entiende el mudo mensaje. Habrá que zambullirse y
nadar. ¿Tendrán tiempo? ¿Y si los delincuentes los descubren antes de…? ¿Si
estuvieran armados? Los pasos retumban en el muelle. Fernando hace una seña a
Diego: está listo para escabullirse él primero. Una voz aguda interrumpe el
silencio y frena su acción.
—Don, las descargamos después.
Usted no tiene buena cara. Venga a tomarse una ginebra con nosotros.
—Está bien. Le acepto. El
trabajo, que espere.
Fernando aprieta el brazo de
su amigo hasta hacerlo gemir de dolor. Entonces lo suelta avergonzado y
murmura:
—¡Qué salvada!
Diego siente el estómago
pesadísimo, como si esa noche en lugar de la tarta de Braulia hubiera tragado
piedras. Y el tobillo le duele cada vez más. Ahora tiene esperanzas de salir de
allí. Pero ¿cómo?
La cabeza le da vueltas, no
puede pensar. A Fernando el miedo lo ha despabilado, se atreve a dar órdenes
como si fuera el mayor.
—No perdamos tiempo. Vamos.
En su esfuerzo por salir
tironea tanto de la lona, que algo cae al suelo y queda prisionero entre dos
pliegues. Tantea el objeto con la mano. Un mango rígido sobresale de un largo
estuche de cuero. Casi pega un grito de alegría. Es un machete enfundado en su
vaina. En Bariloche su padre tenía uno parecido y le enseñó cómo usarlo.
Fernando recuerda aquellas excursiones al bosque. Su padre iba a la cabeza con
el machete para abrir paso entre los matorrales. Envalentonado lo saca de la
vaina, corta las sogas que atan la lona y se escabulle ágil en cubierta. Antes
de seguirlo, Diego manotea dentro de una bolsa; sin mirar saca un paquete y una
botella. Comida y bebida puede hacerles falta si el camino es largo. Contento
con sus víveres, imita con pesadez los movimientos de su amigo. Poco después se
reúnen en el muelle.
Por un momento interminable se
quedan allí, agachados, esperando. Las voces se oyen lejanas. El resplandor de
una fogata chisporrotea a varios metros de la costa. Escondiéndose entre la
maleza empiezan a caminar en dirección opuesta al resplandor.
Está aclarando. Avanzan
penosamente entre los pajonales, juncos y cortaderas un metro por encima de sus
cabezas. Fernando apenas si puede doblarlas con el machete, el tiempo
suficiente como para poder pasar. Cuando la vegetación recupera su altura, los
chicos desaparecen. Y a seguir, aunque los bordes afilados de las plantas
corten y rasguñen las caras y los brazos. A abrir camino, como sea, entre ramas
y cañas. A Fernando le duelen tanto los brazos, por el ejercicio de sostener e
impulsar el machete, que casi no los siente y tampoco las picaduras de los
mosquitos. Tiene la cara congestionada y de a ratos le cuesta respirar. No
pueden regresar a la costa. Todavía están demasiado cerca. Los hombres los
atraparían. Hay que seguir y aguantar. Peor está Diego, con su tobillo tan
hinchado no es fácil caminar.
Ya hace más de una hora que
están en marcha, cuando Diego se detiene jadeando.
—No puedo más. Si hubiera un
claro para sentarse a descansar un poco…
¡Un último esfuerzo! Fernando
alza el machete y trata de cortar las ramas. De improviso, un animal oscuro se
lanza sobre el chico, listo para atacar. Sintiéndose acorralado, se precipita
sobre él con su cuerpo de cerdo y una boca abierta de rata gigantesca.
—¡Cuidado!
Con todo el peso de su cuerpo,
Diego lo tira hacia un costado. Fernando cae despatarrado sobre las ramas.
Desde el suelo se arrastra, lastimándose, presa fácil de la bestia que dispara
hacia él. Pero el animal pasa rozándolo y desaparece como llegó en su refugio
de cañas. Fernando recoge el machete y se queda un largo rato en silencio,
respirando profundo para calmarse. ¡Si no hubiera sido por Diego! Cuando por
fin logra recomponerse y hablar…
—Gracias —dice con voz ronca—.
¿Qué… qué era? ¿Un jabalí?
—Parecía un carpincho. ¡Nunca
había visto uno de ese tamaño! —a Diego le gotea la frente por el susto y el
esfuerzo.
Todavía tiembla cuando trata de
encontrar entre la maleza la botella y el paquete, que por ayudar a su amigo
dejó caer sin darse cuenta. Por suerte están intactos, aunque ahora al ver bien
las etiquetas, piensa que de nada van a servirles el arroz y el vino. ¡Con qué
ganas se tomaría un poco de jugo! ¡Tiene tanta sed con esa piedra en su
estómago!
—Volvamos hacia la costa
—explota—. No podemos seguir más por acá. A lo mejor encontramos a alguien que
nos cruce en bote. Ya sé con qué pagarle.
¡Qué alivio volver al río!
Diego sumerge su tobillo dolorido en el agua fresca. Con amargura recuerda el
paseo de esa tarde. ¡Qué daría ahora por retroceder en el tiempo y estar en el
embarcadero del Club Náutico! Fernando acecha la oscuridad del río. De repente
oye golpes acompasados. Aguza el oído; no quiere ilusionarse. Seguramente es el
viento o la corriente transportando algún camalote. El rumor crece, se acerca.
Fernando divisa un bote de remos que navega en dirección a ellos. Sin pensar,
empieza a dar voces y gritos para llamar la atención.
—¡EH!, ¡EH!, SEÑOR. Aquí por
favor —se saca la camisa y la agita en el aire.
Diego mira hacia el bote
atemorizado. ¿Por qué es tan imprudente su amigo? ¿Cómo sabe que el botero es
una buena persona? La imagen del hombre de marrón, las voces de los
delincuentes, todavía surgen nítidas en su memoria. Quiere detener a Fernando,
ordenarle que se calle y espere. Pero ya es tarde. El otro, poseído de una
excitación incontenible, vocifera a los cuatro vientos. En respuesta al urgente
llamado, el desconocido chifla e impulsa los remos con más vigor. La
embarcación cruje protestando por la marcha esforzada. Lastimados, exhaustos,
los chicos no saben si alegrarse o temer.
12
EL PESCADOR
En el bote hay varias cañas,
una valija de pesca y una bolsa que despide un olor espantoso. «Seguramente
serán apetitosas carnadas… para los peces», piensa Fernando. La simple vista
del inofensivo cargamento tranquiliza los nervios de los chicos. Los últimos
resquemores se disipan por completo, cuando el hombrecillo canoso de gorra
detiene la embarcación, hace un cálido saludo con la mano y les pregunta con
amabilidad:
—¿Necesitan algo? Me parece
que ustedes dos andan en problemas.
Los chicos sonríen intimidados
sin saber qué contestar. En todo ese tiempo de esperar el auxilio de alguien,
no se les ocurrió inventar una historia para explicar lo sucedido. Mientras
Fernando se lo reprocha por dentro, Diego salva la situación comentando con
naturalidad:
—Me torcí el tobillo —como si
fuera explicación suficiente—. ¿Podría cruzarnos del otro lado?
—Bueno…, iba para el Ñacurutú,
se me va a demorar la pesca —finge dudar. Y mira con picardía las provisiones
de Diego—. ¿Tienen con qué pagar? —ríe—. Está bien. Suban nomás.
Fernando agradece efusivamente
y en un santiamén ya está ubicado y listo para ayudar a Diego a subir al bote.
Con dificultad, a causa de su tobillo hinchado, al fin su amigo logra embarcar.
El bote emprende la vuelta a
Zárate con su acompasada queja de remos. El hombre silba despacio, los observa
de reojo sin hacerles preguntas. Interiormente, los chicos agradecen esa ayuda
generosa sin curiosidad. El viaje es lento y tranquilizador. Diego ya cabecea
cuando empiezan a aproximarse a la costa. El pescador detiene los remos y el
bote se frena entre los pastizales. Con sonrisa amplia se despide de los
chicos.
—Llegamos, pibes. Ya pueden
bajar.
Antes de abandonar el bote,
Diego pone el paquete y la botella en un rincón.
—Le dejo esto —dice con
timidez—. No tenemos plata y… Es por la molestia.
El hombrecillo larga una
carcajada:
—¡En serio te creíste que les
iba a cobrar! Bueno, gracias, dejalo. El vino no es para los chicos —dice muy
serio.
Diego, todo colorado, quiere
protestar, explicarle, pero el pescador hunde los remos en el agua y reinicia
con energía el acompasado ejercicio.
Hace frío. Un cielo plomizo
anuncia el amanecer. Apretando los clientes Diego pedalea con torpeza. Tuvieron
suerte en encontrar las bicicletas. Falta un último esfuerzo para llegar. Han
dejado atrás el centro, la plaza, la pesadilla. Pocas cuadras más y estarán
camino a Villa Fox.
—¿Qué le decimos a tu tía?
—Fernando empareja rueda con rueda.
—Dejá todo en mis manos
—contesta Diego recuperando la seguridad—. Yo hablo. Vos no me contradigas.
—¿No sería mejor contarle la
verdad? —arriesga Fernando humilde—. Igual se va a dar cuenta de que en la cama
no nos quedamos.
Y da un vistazo rápido a su
aspecto y al de su amigo. ¡Están desastrosos! Diego tiene el pantalón y la
camisa embarrados, con manchas de grasa de arrastrarse en la lancha. Y el
tobillo derecho es una masa informe. Fernando todavía más sucio que él, exhibe
ronchas y lastimaduras en cara, brazos y piernas.
—¡Estás loco! ¡Decir la
verdad! ¿Y la investigación? ¿Ya te olvidaste de lo que les prometimos a los
chicos? No —dice Diego con tristeza—. Si digo la verdad me van a retar el
doble. Dejame pensar…
—Pensá rápido —aconseja
Fernando deprimido—. Ya estamos llegando.
No hay vecinos levantados, ni
curiosos merodeando por los alrededores. Entran las bicicletas al jardincito y
las dejan en el cuarto de las herramientas. Y derechito a la ventana del
dormitorio. Está abierta, tal como la dejaron. La casa duerme en silencio.
Diego hace pie a Fernando. Debe entrar él solo y cumplir con una delicada
misión. Ir hasta la cocina, buscar la llave de la puerta que da afuera (la tía
la deja colgada en la percha de los repasadores) y abrirle a Diego que casi no
puede caminar. Y menos hacer equilibrios para entrar por una ventana.
Al principio todo va bien.
Ningún chasquido molesto lo delata en la escalera. La llave está donde
suponían, gira sin esfuerzo en la cerradura. Fernando abre. Diego pasa. Pero al
mismo tiempo, otra persona entra de sopetón a la cocina. Es Braulia que al
escuchar ruidos salió de su cuarto en puntas de pie y espera a los intrusos muy
bien preparada. Un paraguas enorme está a punto de descargarse sobre la cabeza
de Fernando. Diego pega un grito de horror. El mango se detiene en el aire y la
tía prende la luz. Al ver a los chicos, petrificados en la puerta y en
semejante estado, deja caer el arma y se derrumba temblando en un
banquito.
13
LA AVENTURA DE ADELA Y MAURO
Son las cuatro de la mañana.
Mauro duerme profundamente. Antes le costó conciliar el sueño y como siempre
encontró compañía en sus libros. Hasta muy tarde mantuvo el velador encendido,
pasando y releyendo las páginas de su novela favorita: Misterio en el
frigorífico. Entre capítulo y capítulo se preguntaba cómo les iría a los
chicos con la investigación. ¡Lo que hubiera dado por acompañarlos! Pero ni
siquiera fue capaz de insinuárselo a los tíos. ¿Ir con sus amigos a Zárate y
quedarse a dormir? Antes de abrir la boca podía adivinar, sin temor a
equivocarse, la respuesta: NO. No porque todavía estaba delicado de
salud, tosía mucho de noche y sus bronquitis podían terminar en asma. Ése era
el argumento favorito de su tía. No, porque «esos chicos» serían muy buenos,
pero no pertenecían a familias conocidas. «¿Cómo iba a aceptar una invitación a
dormir de gente extraña?», diría seguramente su tío. Sería inútil explicarles
que el padre de Diego era el encargado más antiguo de la cuadra y que en el
barrio todos lo querían. O que Fernando, recién llegado de Bariloche, se había
convertido en uno de sus mejores amigos. Y que no pudo presentarles antes a
Adela, porque ella y su familia acababan de mudarse. Y además, la gente deja de
ser extraña cuando se la conoce. ¿Para qué discutir? Sabía perfectamente la
clase de amigos que hubieran preferido sus tíos. Esos chicos estúpidos que fingían
ser muy educados se la pasaban burlando a los demás, riéndose de pavadas o
alardeando con sus computadoras nuevas. Chicos estúpidos y chicas aburridas,
incapaces de leer un solo libro. En cambio, él se sentía orgulloso de sus
amigos. Ellos sí que valoraban sus ideas y hasta habían aceptado
arriesgarse y ser detectives. Todos eran valientes, hasta Adela, la anteojuda
sabelotodo. No era antipática, especialmente cuando sonreía. Y así el sueño fue
llegando despacio, sin buscarlo. Después de todo no faltaba tanto para
enterarse de la aventura de los chicos en Zárate. Y entonces, el cuarteto
MAUDIEFERADE (Adela había pasado la prueba) inventaría otro plan de acción.
Ahora Mauro duerme
profundamente. De repente, entre sueños le parece oír un ruido, y otro. ¿Son
golpes en el vidrio de su ventana? Se despierta, abre los ojos. Otra vez los
ruidos. Alguien le está tirando piedritas. Mauro abre la ventana de par en par.
Es Adela. Se acerca.
—Tuve un sueño raro
—cuchichea—. Me desperté y no pude volver a dormir.
—¿Qué sueño? —Mauro bosteza
con fastidio. ¿Para decirle eso lo despertó a él?
—Después te lo cuento. Como no
dormía, me quedé pensando: esos tipos tenían que encontrarse a medianoche, ¿no?
Entonces a lo mejor el carnicero ya volvió de Zárate. ¿Por qué no vamos hasta
la casa?
—¿A esta hora?
—Si tenés miedo… ¡voy sola!
—lo desafía.
—¡Me visto y bajo! —contesta
Mauro picado.
¿Y si descubre algo ella
sola? ¡Faltaba más!
Afuera, un viento frío juega
con la pollera de Adela y hace carraspear a Mauro. «Se olvidó de ponerse la
bufanda», piensa ella divertida. Así, con el pelo rubio revuelto y cara de
dormido, Mauro parece más chico, más simpático. Otras veces, aunque se las da
de jefe, tiene los ojos tristes y tose bastante. «Debe ser feo no tener padres
y vivir con esos tíos tan viejos que lo cuidan tanto», piensa Adela conmovida.
Y de repente, siente mucha pena por él.
Ya están llegando al
bosquecito de la calle Zabala. Detrás del pino gigante, debajo de una piedra y
en un pozo disimulado con hojas, Mauro busca el diario de la investigación y
una linternita.
—¿Te habías olvidado? —le dice
sobrador, agitando el cuaderno en las narices de Adela.
Picho los ha seguido y husmea
en el pozo, como si esperara encontrar un apetitoso hueso.
Adela siente calor en la cara
y por dentro mucha rabia. Ya no le da nada de lástima. «Es un fanfarrón»,
piensa enojada. Pero intenta disimular la bronca.
—¿Qué escribís? —pregunta. Y
trata de leer sobre su hombro.
Mauro no contesta, a la luz
del diminuto foco, llena una página con letra pareja y redonda.
Octubre 28, Belgrano
Son las 4 de la mañana, nos
dirigimos a la carnicería Zoilo. Motivo de la investigación: verificar si
volvió el «Carnicero Loco» de su encuentro en Zárate con el hombre de marrón. Y
cualquier otra novedad importante para el caso.
Detectives a cargo: Mauro
Fromm y Adela Obarrio.
—Las mujeres van primero
—protesta ella resentida—. Y te olvidaste de Picho.
—Yo soy el jefe, no te olvides
—aclara él mandón—. Y los perros no investigan.
Y ante la mirada furibunda de
la chica, vuelve a guardar el cuaderno y emprende la marcha con paso enérgico.
La próxima discusión la gana
Adela. Es mejor ocultarse detrás del monumento. Si algo pasa, tendrán el tiempo
suficiente como para acercarse al árbol más próximo y vigilar desde allí la
carnicería de Zoilo. Picho recorre a sus anchas la plaza buscando algo de
comer. Dos cirujas le hacen la competencia. Uno arrastra la carretilla mientras
el otro revuelve en los tachos de la basura.
Los minutos pasan. Refresca.
Mauro empieza a toser. Adela ya se está arrepintiendo de haberlo arrastrado
hasta allí en plena madrugada, cuando un rumor que crece los pone sobre aviso.
Un Jeep blanco y azul avanza a los tumbos por el empedrado. No es el camioncito
gris que esperaban, ni la camioneta vieja del carnicero. Ya están desviando la
vista desilusionados cuando Adela pegó un gritito de emoción.
—¡Mirá quién viene adelante!
¡Fijate los bultos que traen!
Junto al conductor está el
carnicero. En la caja trasera se bambolean varias bolsas negras como las que
usan los encargados de los edificios. Los chicos enfilan directo al primer
grupo de árboles. Y a vigilar en sus puestos para ver qué sucede.
El Jeep detiene su marcha
frente al negocio. El hombrón desciende y una a una va descargando las bolsas
cerca de la entrada. El conductor del vehículo sigue inmutable al volante. A
los chicos les extraña que no ayude al carnicero. No pueden verlo bien por la
escasa iluminación de la calle, pero parece una persona joven. Los brazos que sostienen
el volante son firmes y delgados. El torso es erguido y el pelo oscuro.
El hombre abre la puerta de la
carnicería y arrastra las bolsas. En ese momento, Picho, que vuelve de una de
sus recorridas, lo enfrenta a ladridos desde la vereda opuesta. El carnicero lo
insulta. Después lo ignora y sigue con el acarreo. Ahora el perrazo ha
descubierto el escondite de los chicos; deja de ladrar y moviendo la cola trota
derechito hasta el árbol a saludar a sus amigos. El hombrón se acerca al Jeep y
mira intrigado la figura del perro que se pierde tras el grupito de árboles.
Adela y Mauro no se atreven a moverse, ni a respirar.
Después de dudar unos
segundos, el carnicero se encoge de hombros. Ha perdido interés en el perro y
empieza a hablar con el conductor. Éste enciende el motor y, ante la sorpresa
de Adela, besa fugazmente a Zoilo a través de la ventanilla abierta.
—¡Es una mujer! —cuchichea la
chica asombrada.
Mauro no le hace caso, trata
de memorizar la chapa del vehículo antes de que se pierda al doblar la esquina.
Mucho después, se digna a contestar con fingida naturalidad.
—¿Tanto te extraña que tenga una
cómplice?
14
LA DENUNCIA
Una vez en su casa, todavía excitado
por los descubrimientos de esa noche, Mauro ni piensa en acostarse a dormir.
Sentado ante su escritorio, inventa un nuevo plan. Ese domingo, no irá con los
tíos a la quinta de fin de semana. Tiene un pretexto: su examen de ingreso a
primer año. ¡En la quinta él se distrae! ¡No puede estudiar! Y Ceferina, que
siempre se queda en la casa los domingos, puede hacerle compañía… y una torta
para el té. Con esos razonamientos será fácil convencer a los tíos. Adela se
encargará de avisarles a Diego y a Fernando que él los espera en su cuarto para
una reunión urgente. En cuanto vuelvan de Zárate. ¡Está ansioso por conocer las
últimas novedades de sus amigos!
«Pasó algo horrible», se dijo
Mauro. Y corrió a abrirles la puerta principal. Fue una sorpresa verlos llegar
en ese estado. Diego, renqueando, con el tobillo vendado y la cara hecha
ronchas. El aspecto de Fernando no era mucho mejor. Aunque ostentara con
orgullo los brazos y las piernas todos arañados. ¿Diego silencioso? Fernando,
que gritaba a más no poder, les contó una parte de lo sucedido. Al recordar el
susto de Braulia en la cocina Diego rio por primera vez.
—Le rogamos tanto, que
prometió no decir nada en nuestras casas.
—¿Y a ella, qué le dijeron?
—averigua Mauro preocupado.
—Que fuimos a dar una vuelta,
trepamos por la barranca para ver el puente Zárate Brazo Largo y nos caímos.
—No le contamos nada sobre la
investigación —aclara Fernando orgulloso.
—Sí, porque yo no quise
—informa Diego para hacerse valer.
Mauro suspira de alivio.
¡Menos mal! Porque ahora ya saben un montón de cosas sospechosas: que el
Carnicero Loco le compra carne robada al hombre de marrón y…
—El de marrón tiene compinches
en la isla. Ellos roban las vacas y después hacen las carneadas. Mi tía dice
que los productores de Zárate están muy preocupados —interrumpe Diego.
—Y para mí que guardan la
carne en el galpón de Reysol —aclara Fernando orgullosísimo—. Por eso el
carnicero la fue a buscar allí.
—¡Qué inteligente! —lo burla
Adela—. A nadie se le hubiera ocurrido —y trata de frenar a Picho que
trota por todo el cuarto, le gruñe a la computadora y rasca puertas y ventanas
sin ninguna educación.
—En mi libro también pasa algo
así —se excita Mauro—. Se llama «abigeato».
—¿¡Queeé!? —Diego lo mira sin
entender.
—«Abigeato» es robar hacienda,
vacas —explica Mauro impaciente—. Y en mi libro después al cuatrero lo matan
porque…
—¿Por qué no te callás la
boca? —brama Diego furibundo—. A ver si ahora matan a alguien como en tu famoso
libro. ¡Ya estoy harto de este lío!
—¡Yo no quiero que me boleteen!
—protesta Fernando.
—¿Se puede saber de qué hablan
ustedes? —dice Adela perdiendo la paciencia.
Mauro la apoya. ¿Qué es eso de
boletear? ¿De qué tienen miedo? Entonces Diego se pone a contarles con lujo de
detalles toda la aventura en la isla de Zárate.
El tiempo pasa volando. Los
tíos están por llegar. Es hora de suspender la reunión y todavía no se han
puesto de acuerdo. Diego quiere hacer la denuncia y terminar el caso. Fernando
prefiere reunir más datos primero. ¿Quién les va a creer si cuentan ahora lo
ocurrido? A menos que… ¿Y si hicieran una denuncia anónima? Hay un murmullo de
aprobación. Sí, pueden hablar a la comisaría de Zárate desde un teléfono
público. Lejos, lo más lejos posible de sus casas. «La central telefónica de
Santa Fe y Callao», propone Adela. ¡Por supuesto! ¿Quién va a encontrarlos
allá?
El mismo lunes a las seis de
la tarde, los cuatro amigos bajan del colectivo 152 en la parada de los cines.
Sin perder de vista la central telefónica, el grupo cruza disciplinado la
avenida Santa Fe. Una vez adentro, se reparten el trabajo. Diego será el
encargado de comprar todas las fichas. Fernando, de ir alcanzándoselas a Mauro.
Al jefe le toca llamar. Mientras tanto, Adela corre a buscar en la guía
telefónica de Zárate, el número de la comisaría. Fernando la sigue con lápiz y
papel en mano.
Una señora mayor y un hombre
corpulento hacen cola en una de las cabinas. Mauro se ubica detrás del señor.
Inesperadamente éste se da vuelta y lo mira sorprendido.
—¡Mauro! ¡Cómo estás! ¿A
ustedes también se les descompuso el teléfono? ¿Por qué viniste tan lejos a
llamar?
Es Walter, el amigo y socio de
su tío. Mauro se pone pálido. ¡Justo ahora esta complicación!
—La llamada no es para mí
—balbucea—, es para mi amigo, tiene que hablar con la tía, que está enferma y…
Diego, que llega con las
fichas de teléfono en la mano, interrumpe con voz ansiosa.
—¿Ya tenés el número de la
comisaría?
Walter lo observa muy apenado.
—Vengan, chicos —dice
compadecido— ocupen mi lugar. Yo no tengo tanto apuro. ¿Tu tía tuvo un
accidente? Si necesitás ayuda…
Diego abre la boca para
protestar… y larga un gemido. Mauro acaba de darle un soberano pisotón.
—Calmate, Diego, te
confundiste —lo palmea consolándolo—, tu tía está en el hospital, no en la
comisaría. Adela ya fue a buscar el número.
—¡QUEEÉ! —Diego se masajea el
pie, horrorizado con lo que oye.
¿Está, loco Mauro? ¡Si su tía
estaba perfectamente! ¿Y quién es ese señor?
—Walter es un amigo de mi tío
—le está explicando el otro a los alaridos—. Le dije que tenés que hablar por
teléfono a Zárate y nos deja su lugar.
Ahora Diego entiende y por las
dudas aleja sus pies del jefe. Además del tobillo, ahora le duele horrores el
dedo chiquito, y todo se está embarullando otra vez. Con ese señor espiando no
van a poder hablar tranquilos. Para colmo, Adela y Fernando se acercan
entusiasmados agitando un papelito.
—Andá a explicarles a los
chicos que nos dejan el tumo —Mauro lo empuja nervioso—. Y de paso pediles el
número de teléfono. Parece que ya lo tienen.
Rápido, a detener a los otros
y explicar en secreteos el nuevo problema.
Vuelve con su renguera, el
papelito en la mano y una sonrisa forzada. Y es Walter quien se acerca solícito
a ayudar.
—Dame, yo te marco. Es normal
que estés nervioso. Cuando me comuniquen te paso con tu tía.
Diego cierra el puño
transpirado justo a tiempo, salvando el papel con los números de la comisaría.
—Prefiero hablar yo —dice con
un hilo de voz—. Es que a ella… le gusta hablar conmigo.
Walter sonríe comprensivo. Lo
sigue y con su corpachón obstruye la salida de la cabina.
—Estaré aquí cerquita por las
dudas —aclara de lo más sonriente. Mauro, nerviosísimo, trata de distraerlo.
—Mañana tengo una clase
especial de geografía —comenta simpático. Walter no le hace caso, le interesa
más el problema de Diego. ¿Necesita ayuda para marcar? ¿Tiene suficientes
monedas? Está ansioso por colaborar. Diego empieza a discar los números sin
ganas. Corta a la mitad y vuelve a insistir. ¡Es inútil! Con ese Walter atrás,
escuchando, no se puede denunciar nada.
15
¿DÓNDE ESTÁ EL VECINO SOSPECHOSO?
Ha pasado una semana desde la
aventura en Zárate, y la investigación está parada. ¿Dónde fue el principal
vecino sospechoso?
Esa tarde de noviembre Mauro
vino con la noticia: «La cortina metálica de Zoilo está baja y la puerta cerrada
con candado. El carnicero desapareció». El grupo discute desde hace rato en el
bosquecito: ¿qué le habrá sucedido al barbudo?
—Espero que no lo hayan
matado, como pasó en mi libro —comenta Mauro con remordimientos.
—No —decide Diego—. El de
marrón no quería «boletearlo». Yo creo que antes se va a encargar de que le
pague.
—¡Dejen de hablar como en las
películas, quieren! —protesta Adela, celosa porque no se le ocurre nada. Y se
aleja del grupo para recibir a Picho. ¡Si pudiera hablar, qué buen investigador
sería! Liega al trotecito y con gruñidos afónicos salta y le lame las manos.
Hoy, de tan flaco da lástima. Y el pelo amarillo se le pegotea al lomo. Pero
ella le ha traído algo. Picho apenas puede esperar a que lo desenvuelva. Con
restos de papel de diario, se engulle en dos bocados los menudos de pollo.
—A este perro habría que
llevarlo a la veterinaria. Seguro que tiene parásitos —dice Fernando con voz de
entendido. Y recuerda a sus ovejeros guardianes. Quedaron en Bariloche, con la
nueva dueña. ¡No hubieran soportado un día en su departamento! Enternecido,
mira a Picho con simpatía.
—Ahora es casi nuestro
—comenta.
—Mío, querrás decir
—recalca Adela—. Que yo sepa, ustedes nunca le traen nada de comer. Y tampoco
le dan mucha bolilla.
Como si estuviera de acuerdo
con Adela, el perrazo ladra y gruñe con energía.
Los interrumpe un coro de
protestas indignadas. Olvidados por un momento del carnicero y la
investigación, los varones proponen llevarlo a la veterinaria del barrio ya
mismo.
Silvia (la «curaperros», como
le dicen los chicos) los recibe sonriente aunque un poco apurada. Usualmente es
muy parlanchina, pero ya está a punto de cerrar. Todavía le falta visitar a
domicilio, a dos cachorros resfriados. Adelantándose, Adela le explica el
problema:
—Encontramos a este perro…, y
nos parece que tiene parásitos.
—Les voy a vender el remedio.
Si en unos días no mejora, me lo vuelven a traer. ¡Pobre! —se compadece la
mujer—. No debe de comer seguido. ¡Y vaya a saber con qué se alimenta!
—Yo le traigo toda la comida
que puedo —se defiende Adela.
—Igual buscan entre la basura
—explica Silvia— y no es el mejor lugar. ¿Saben qué dejaron el otro día en una
bolsa de residuos? ¡Un gato muerto! Y algún gracioso lo puso en la puerta de mi
veterinaria.
—¡Sería Satanás! —exclama
Adela recordando al espantoso animal encontrado en la heladera.
La mujer la mira con
severidad.
—No digas esas cosas, nena.
—Es que así se llamaba…
Pero Silvia curaperros no la
escucha. Luego de buscar el remedio en un estante, se dispone a llenar una
boleta. Mauro está ansioso por preguntarle algo más, y no se atreve. ¡Se la ve
tan apurada! Y estando tan cerca de la carnicería ella debe de saber algo…
—¿El dueño de «Zoilo» se fue
de vacaciones? —pregunta como al descuido.
—¡Y con qué apuro! —exclama
ella interesada—. Yo llegaba de hacer una visita a domicilio y por poco me
atropella con su camioneta toda cargada. ¡A las dos de la mañana! Ese hombre
nunca me gustó.
Los cuatro chicos asienten
estupefactos. Acaban de averiguar algo importante. Y mientras Mauro paga y
Picho ladra nervioso como si ya presintiera el feo gusto del remedio, Diego,
Fernando y Adela apenas pueden acallar los cuchicheos.
—¡Pasó algo!
—¡Lo persiguen!
—¡Se escapó!
Curiosos, intrigadísimos,
resuelven pasar por el negocio. ¡Si pudieran encontrar alguna pista que
conduzca al paradero del hombre! Algo que explique por qué desapareció.
Fernando, el más menudo de
todos, se ofrece a trepar hasta la ventana de la vivienda pegada a la
carnicería. Sólo está a un metro de altura y la pared de ladrillos desiguales
facilita la escalada. Diego le hace pie. Mientras tanto, Adela y Mauro vigilan,
uno en cada esquina.
Por el vidrio de la ventana se
vislumbra el interior de la casa. En la única habitación se ve una mesa con
cuatro sillas, un diván de madera y, en un rincón, el ropero antiguo y
desvencijado. En el piso de cerámica gris, hay papeles desparramados y un
paquete de cigarrillos lleno.
Fernando baja desilusionado.
Sin hacer comentarios pide a Diego que lo acompañe a buscar a los otros. A lo mejor
a Mauro se le ocurre algo.
Ya en el bosquecito,
instalados en el asiento-tronco, todos escuchan a Fernando. Todos, menos Picho,
que estornuda de disgusto por culpa del remedio.
A Mauro, una de las pistas le
da qué pensar.
—No entiendo, ¿por qué tiró el
paquete de cigarrillos? Si estaba lleno… ¡Son importados!
—¡Se le cayó, tonto! —se burla
Adela—. Ya nos dijo la veterinaria que salió apurado.
—Si se le cayó el paquete,
también puede haber perdido algo más —interviene Diego—. Los que fuman siempre
dejan cosas tiradas.
—¡No es cierto! —se enfurece
Adela—. Mi papá fuma y es muy ordenado.
—¡Dejá de pelear vos! —ordena
Mauro, todavía resentido por lo de «tonto»—. ¿Y si entramos a revisar bien?
—¿Y qué piensan encontrar, me
quieren decir? —protesta Diego—. El carnicero se fue, se llevó las bolsas.
Además estoy cansado de todo este lío. Somos chicos, no detectives de la
televisión.
—¡Y te vas a quedar así con
todo lo que sabemos! —reacciona Fernando.
No, Diego no habla de quedarse
con los brazos cruzados, pero insiste en contarle todo a Braulia. O ir a Zárate
a denunciar lo sucedido. Porque los delincuentes importantes están allá.
Por un rato, discuten
desanimados esa posibilidad. Los cuatro saben que puede ser el fin de la
investigación y el principio de una serie de retos para cada uno. Pero ¿qué
otra cosa pueden hacer? Sí, recurrir a Braulia y a la policía de Zárate parece
la mejor solución.
Ahora, tienen que escribir en
el diario un informe detallado. O mejor mañana. Porque son las siete y media, y
los varones prometieron estar de vuelta con tiempo para bañarse y hacer los
deberes antes de comer. Diego y Fernando se despiden apuradísimos. Hace tres
días que ponen en práctica el truco de la lluvia abierta a puertas cerradas.
Hoy, del baño, ¡no se salvan! En el colegio hay chicos con piojos y mañana
revisan las cabezas a todos.
Adela no está apurada. Los
lunes sus padres trabajan hasta tarde. Seguro que no han llegado todavía.
Acaricia a Picho, que se echa panza arriba con las patas estiradas, y con
disimulo espía a Mauro. Lo ve escribir algo en el diario y guardarlo en el
escondite de siempre.
Después se acerca silbando
desafinado.
—Me voy a casa. ¿Venís?
—invita mandón.
—Sí, claro —simula obedecer
Adela.
Y por dentro: «Mauro planea
algo. ¿Qué habrá escrito en el cuaderno?».
Caminan en silencio las dos
cuadras. Al llegar a Ciudad de La Paz se despiden. Mauro cruza directo hacia su
casa. Adela, muy quieta en la entrada de su edificio, lo ve atravesar el jardín
y tocar el timbre. Ceferina abre la puerta y la cierra a sus espaldas. Entonces
Adela vuelve a salir. Tiene que averiguar en qué anda Mauro. No le gusta que la
dejen a un lado. Si él planea hacer algo, ella va a acompañarlo.
16
MAURO TIENE UN PLAN
No va a ser fácil escapar
durante la noche. Con la tía no hay problema; está acostada con un fuerte dolor
de cabeza. En cambio el tío espera una visita.
Apenas terminan de comer, dos
timbrazos cortos resuenan en el caserón. Mauro aprovecha y pide permiso para
irse a la cama.
En el pasillo se topa cara a
cara con Walter. El hombre corpulento que acaba de entrar, se agacha sonriente
a saludar al chico.
—Hola, Mauro. ¿Cómo está la
parienta de tu amigo? Al final, ¿pudieron hablar por teléfono?
Quiere huir rumbo a su cuarto,
desaparecer antes de que el tío aparezca. Es inútil, Walter le cierra el paso,
y ante la desesperación de Mauro vuelve a insistir, cortés y gritón, en la
pregunta.
—Está muy bien, gracias
—susurra Mauro—. Creo… —respira hondo— que sería mejor que el tío no se
enterara de que me encontraste. Él, esteee…, no le tiene mucha simpatía a Diego
y…
Entonces le pasa una cosa
rara: quiere desahogarse, decir una verdad que le duele y mezclarla con su
mentira.
—Ni a él ni a la tía les
gustan mis amigos del barrio.
Y asombrado de su propio
arranque, Mauro empieza a toser.
Walter lo observa en silencio.
Una luz de simpatía ilumina sus ojos saltones. Siente mucha pena por ese chico
solitario y tímido. Las veces que ha visitado la casa lo ha oído toser como
ahora encerrado en el cuarto. Por su socio y amigo sabe que Mauro es hosco e
introvertido, que al matrimonio mayor le da mucho trabajo criarlo desde que
perdió a sus padres. Por eso fue una grata sorpresa para él verlo tan animado y
sonriente en la central telefónica. Y acompañado de amigos. Pasos procedentes del
comedor interrumpen estos pensamientos. Para alivio de Mauro, no es el tío sino
Ceferina, la cocinera, que se acerca con una bandeja en la mano.
—El señor lo espera en el
escritorio. Dice que lo disculpe si tarda un poco. Lo acaban de llamar de larga
distancia.
—No se preocupe, Ceferina.
Enseguida voy. Estaba saludando a Mauro.
Y cuando la buena mujer
desaparece, Walter murmura en tono cómplice.
—No te preocupes. Por mí no va
a saber nada.
Y sobre tu amistad con esos
chicos…, ¿te parece que yo podría ayudar en algo?
Mauro se queda perplejo. «Es
un entrometido —piensa esperanzado—, pero un entrometido bueno. Si pudiera
convencer a los tíos…».
—Voy a cumplir trece años
—dice despacio—, me gustaría elegir yo a mis amigos. Si… si mis padres
vivieran, ¡seguro que me dejarían! —y todo colorado, con una vergüenza
espantosa desvía la vista.
No sabe cómo se atrevió a
decir todas esas cosas. Walter es casi un extraño. Y tartamudeando un «buenas
noches» escapa hacia su dormitorio.
Una vez allí trata de calmar
esa picazón en la garganta, inspirando profundo y exhalando despacio. «Es un
meterete bueno —repite para serenarse—. A lo mejor me puede ayudar». Y un poco
más tranquilo trata de concentrarse en el plan de esa noche.
Resuelto a poner en práctica
el ardid utilizado por Diego y Fernando en Zárate, Mauro fabrica con prolijidad
un cuerpo. Acomoda una frazada y ropa dentro de su cama, busca un suéter
amarillo que haga las veces de pelo y le da forma contra la almohada.
«¡Fantástico!» —se felicita.
Está seguro de que a él le salió mucho mejor que a los chicos. Saca una
linterna del cajón, abre la ventana y salta al jardín.
Mauro no camina solo en la
penumbra de la cuadra. Adela, decidida a no perderse la aventura, lo sigue a
escasa distancia. Horas antes en el escondite leyó la anotación del diario:
Octubre 31, Belgrano
A medianoche visita especial a
la vivienda de Zoilo. Yo solo. Motivos de la investigación: averiguar si dejó
pistas de su nuevo domicilio. Algo que explique cómo, por qué y adónde se
escapó.
Jefe de detectives: Mauro
Fromm.
Ahora su amigo no tendrá otro
remedio que dejarla participar. Si se niega, ella lo amenazará con hacer mucho
ruido. Él no querrá que los descubran a los dos. Pero hasta llegar a ZOILO, no
debe ser vista. Mauro sería capaz de mandarla de vuelta a su casa, con tal de
mandonear. Mira preocupada hacia el puente. Espera que Picho ya esté en su
cucha, el vagón abandonado. La delataría enseguida si anduviera vagabundeando
por ahí.
El chico camina a pasos
cortos, vigilando cualquier presencia extraña en la cuadra. Al llegar a ZOILO
se detiene. A la vivienda del carnicero se entra pasando por un patio angosto y
descubierto. Mauro se interna allí con precaución.
Adela espera en la esquina.
Deja pasar unos minutos y emprende el mismo recorrido.
Mauro mira desanimado el
trecho de pared que separa el suelo de la ventana. Él podría subir como lo hizo
Fernando, si hubiera traído zapatillas. Pero en el apuro por salir de casa no
atinó a cambiarse los mocasines. Y las suelas no paran de resbalar. En ese momento
oye pasos; se da vuelta alarmado y la ve. Adela lo desafía a través de sus
anteojos.
«Fui un tonto en escribir
antes el diario —piensa—. Volvió y lo leyó. Por eso está aquí». Después
recuerda el problema de los mocasines, no puede trepar con ellos. Resuelve
aguantar la bronca y ser práctico.
—Ya que viniste a meterte
—dice despectivo—, es mejor que me ayudes a subir.
—¿Y si subo yo? Puedo, si me
hacés pie. ¡Yo traje suelas de goma!
No es fácil renunciar a ser el
jefe. Pero habrá que tragarse el orgullo para facilitar la investigación.
—Está bien —acepta—. Hacé
exactamente lo que yo te or… diga, («ya iba a decir ordeno ¡con la rabia que
tengo encima!»).
Adela hace la sonrisita
humilde que Mauro ya empieza a conocer. «Flor de falluta —piensa—, aunque tiene
buenas ideas».
Ayudada por Mauro, ella turna
cada pie en los huecos entre ladrillos. Y ya a cierta altura viene lo más
difícil: abrir la ventana; con un cortaplumas del jefe e iluminando con la
linterna, Adela presiona en la unión de ambas hojas, para forzar el cierre de
la ventana. Está en una posición incómoda, mal sostenida entre los cantos de
los ladrillos. Los brazos cansados empiezan a aflojar. Prueba de nuevo.
Trastabilla. La linterna se le escapa de la mano y golpea contra el vidrio que
se rompe con estruendo. Se queda sin respirar. ¿Alguien habrá oído? Mauro la
apura.
—No importa —ordena enojado—,
ahora entra. —Con la mano derecha envuelta en su pollera, Adela hace girar la
manija interna y abre la ventana. Un olor ácido, a encierro y suciedad, la
obliga a contener de nuevo la respiración. Tuerce la cabeza, asqueada, y
respira un soplo del aire fresco que entra.
La habitación es tal cual la
describió Fernando. Ilumina el suelo y las paredes con la linterna. Revisa el
ropero: está vacío. Sobre la mesa y las sillas tampoco encuentra nada. Hay
algunos papeles tirados en un rincón y debajo de la mesa un paquete de
cigarrillos importados, lleno. Lo recoge y guarda en el bolsillo. Se acerca a
la ventana para reponer sus pulmones del aire viciado. Y de repente siente un
chistido. Su amigo le hace señas impacientes.
—Viene alguien —le grita—,
escóndete.
Y desaparece de su vista.
Enseguida, le llega el rezongo de una voz airada y el murmullo agitado de una
discusión. No puede salir por la ventana otra vez. La rotura de los vidrios,
¿habrá atraído al guardia de enfrente?, ¿a la policía? Prueba la puerta que
comunica la vivienda con la carnicería. La horroriza volver allí, donde
encontró a Satanás y…
Más voces enojadas interrumpen
el silencio. Adela abre la puerta.
17
EL EXTRAÑO MENSAJE
En el negocio también hay un
olor insoportable. Ahora sí que le falta el aire en ese ambiente fétido y
encerrado. Se abanica con la mano y el ruedo de la pollera. Tiene que
acostumbrarse. Ya está mejor.
Pasa cerca de la heladera
entreabierta y vacía, y se detiene junto a la ventana. Levanta apenas la
persiana y espía a través de las rendijas. Parado en el umbral de la casa
vecina, un señor pelado, en pijama, discute con Mauro. Parece enojadísimo y no
lo deja hablar. Otro hombre está cruzando la calle, es el guarda que cumple su
turno en el tinglado del ferrocarril. «Pobre Mauro, en que lío se ha metido». Y
ella, ¿cómo hará para salir? Ahora el guarda y el vecino empujan a Mauro. Los
tres se pierden en el patio-pasillo. ¿Vendrán a buscarla? Del susto, el corazón
le retumba en el pecho. ¡Hasta le duelen las castillas! Tiene que calmarse y
buscar una salida.
Prende otra vez la linterna
para explorar el lugar. Entonces ve los pedazos de papel en el suelo. Se
inclina para examinarlos mejor. Pegadas sobre un fondo de hoja blanca, hay
letras mayúsculas y minúsculas recortadas de diarios o revistas. ¡Qué carta extraña!
Adela da un respingo. ¡Claro! Ya sabe lo que significa ese mensaje. Lo leyó en
sus libros de misterio. No es una carta, es un anónimo. ¿Podrán
descifrarlo? Recoge los pedazos de papel y los pone dentro del celofán que
recubre el paquete de cigarrillos. Como ha visto hacer a su padre muchas veces
con las anotaciones de teléfonos.
Pasada la euforia por el
descubrimiento vuelve a preocuparse. ¿No habrá otra salida? En la pared del
fondo, opuesta a la ventana, hay una pila no muy alta de cajas de madera. Adela
ilumina en esa dirección. A un costado de la pared, entre las cajas, sobresale
parte de un marco de madera. Entusiasmada corre una de las cajas. ¡Bien! La
pila tapaba una ventana baja, con vidrio y banderola. Si logra abrirla al
máximo, podrá escapar desde allí hasta la construcción abandonada de al lado.
No es fácil trepar a la pila
sin ayuda. La torre de cajas podría venirse abajo. Aunque ella no pesa mucho y
subida a la mesada de fórmica es posible pasar una pierna y después la otra.
Temblando prueba asentar el pie izquierdo. La torre se bambolea. Inclina el
peso del cuerpo hacia el pie derecho, firme en el mostrador. Con un envión,
eleva el cuerpo, afirma el pie inestable y se agarra de la manija y… Las cajas
se vienen abajo con un ruido fenomenal.
Resiste, empuja un poco más la
manija y, ¡por fin! La banderola se abre chillando. Trepada, aguza el oído.
Afuera, el silencio sólo es interrumpido por los autos que pasan. No se oyen
voces. Adela pasa a través de la banderola abierta y aterriza de un salto en la
construcción lindera.
Tuvo demasiada suerte, pudo
juntar las pistas y escapar sin ser descubierta. En su excitación casi se
olvida de Mauro. Se le encoge el estómago. ¿Le habrá pasado algo? ¿Cómo irse a
dormir con esa preocupación?
No está en el bosquecito. Ya
lo recorrió de punta a punta. Ni siquiera tiene ganas de escribir lo sucedido
en el diario de la investigación. «¡Que venga! —ruega—, ¡que aparezca!». Un
murmullo de ramas…, es Picho, no Mauro. El perrazo la consuela correteando
feliz a su alrededor. Y, ¡por fin! ¡Atrás viene él!, despeinado por la carrera.
—¡Qué lío! —dice agitado—, un
vecino oyó todo y me llamó, estaba furioso. Después apareció el guardia del
otro día. Querían ver el vidrio roto. Les dije que se me había escapado una
piedra. Los demoré todo lo que pude. ¡Por suerte tuviste tiempo de escapar!
¿Cómo te fue? —pregunta ansioso.
—¡Mirá!
Y exhibe con orgullo el
paquete de cigarrillos. Y los pedazos de papel con las letras pegadas.
El silbido de Mauro confirma
sus suposiciones.
—¡Un anónimo! Con razón se fue
tan apurado. Vení, vamos a ver qué dice.
Cuando logran hacer coincidir
los papeles, el texto se lee así: «PAGU, BOLET». Al final una especie de firma:
«EL ACREEDO».
—¡Le faltan pedazos!
—«PAGU», es «pague», eso es
fácil —presume Adela.
—«BOLET», puede ser «boleta» o
«boletear». ¡Acordate de lo que nos contaron los chicos! Para ellos es «matar»
o algo así.
—¿Y «EL ACREEDO»? —se pregunta
Adela—, ¿será un seudónimo del hombre de marrón?
—No creo —duda Mauro—. Dejame
pensar. Para mí que… ¡Ya sé! «ACREEDOR». El que pide que le pagues una deuda es
un acreedor. Mi tío vive diciendo que es acreedor de éste y del otro, porque le
deben plata.
Sin perder más tiempo, los
chicos escriben en el diario el texto completo del anónimo: «Pague o lo boleteamos.
El acreedor».
—¡Qué horrible! —Impresionado,
Mauro junta los pedazos de papel y vuelve a guardarlos dentro del paquete de
cigarrillos. Entonces, algo escrito en la marquilla llama su atención: Justo
2534. ¿Será el nuevo escondite del carnicero? ¡Tienen que averiguarlo!
18
¿LOS VARONES SE QUIEREN ACHICAR?
Al día siguiente, después del
colegio, Adela espera a sus amigos en la heladería de Cabildo y Zabala. La
tarde promete ser emocionante. Irán todos juntos a investigar la dirección
actual del carnicero.
Sin embargo, una nueva
complicación ha vuelto a embarullar los planes. Fernando y Diego aparecen con
la cara larga.
—¿Y Mauro? —pregunta
sorprendida Adela—. ¿No viene? Los chicos niegan al unísono y la arrastran
hacia una mesa de la vereda.
—A Mauro lo pescaron —dice
Fernando en tono lúgubre.
—¿El guardia fue a la casa?
¿El vecino lo denunció?
—No —aclara Diego—. La tía se
despertó con frío y fue al cuarto, ¡a taparlo! Bueno, enseguida descubrió el
bulto dentro de la cama. Cuando Mauro volvió se armó un lío bárbaro.
—Encima nos echan la culpa de
todo a nosotros —interviene Fernando.
—Sí, dicen que Fernando y yo
le metemos ideas raras en la cabeza. Nosotros a él —se enoja Diego—. Y
como jefe, me pidió que no investiguemos nada solos. Hasta que él nos avise.
—Entonces, ¿hoy qué hacemos?
—pregunta Adela desilusionada por las malas noticias.
—Nada —contesta Diego
rotundo—. Y este fin de semana Fernando y yo nos vamos a Zárate. Es el
cumpleaños de mi tía y nos invitó. Como mis viejos trabajan y mi hermana tiene
una fiesta… ¡Ya me decidí! ¡Le contamos todo a Braulia y terminamos este caso!
Adela está desolada. ¿Se
habrán puesto todos de acuerdo?
—El sábado, cuando ustedes se
vayan, voy a hablar con Mauro. A lo mejor los tíos salen. Además, estos días
tengo un montón para estudiar.
—Sí —suspira Diego amargado—.
Todos tenemos un montón para estudiar.
Noviembre es un mes muy
movido. El colegio, un hervidero de exámenes, clases especiales, preparativos y
nervios por la fiesta de fin de año. Por primera vez Adela no comparte la
febril actividad de sus compañeros. Ni siquiera se alegra al pensar en las
próximas vacaciones. Esa semana le cuesta como nunca concentrarse en sus
estudios. No hace más que pensar y pensar en la investigación. Está a punto de
terminar por culpa de Diego. ¡Con todo sin resolver! Siente rabia, también, por
haber postergado la visita a la calle Justo. Mauro es otro egoísta al paralizar
los planes y no dejarlos ir. «Vos, Adela, sos la egoísta —la reta una vocecita
por dentro—. Acordate de que el pobre está en penitencia». ¿Y Diego? ¿Por qué
insiste en contarle todo a Braulia? «Total —piensa resentida— no le van a hacer
ningún caso». Imposible pensar en el estudio. Tiene bronca. Está desilusionada.
Después de tantos sustos y peligros, ¡los varones se quieren achicar!
—¿Quién dijo que me quiero
achicar? —brama Diego.
—Adela. Ella quiere seguir
investigando.
—Esa anteojuda no entiende
nada de estas cosas —se enfurece—. Ella no estuvo en la isla como nosotros la
última vez.
—Pero se escondió en la
carnicería. Y bastantes problemas tuvo para poder salir —la defiende Fernando.
—¿Y vas a comparar al guardia
y al vecino en pijama con los delincuentes y el de marrón? ¿Y qué si la
pescaban? ¡A ella no le hubiera pasado nada! ¡A nosotros sí! Mirá Fernando, si
uno sabe que alguien cometió un delito —dice, agrandado—, lo que hay que hacer
es denunciar.
Mientras los chicos discuten.
Braulia va del comedor a la cocina. Saca fuentes, pone sus mejores tazas,
acomoda masas y galletitas sobre una mesa muy bien decorada. Canturreando,
termina los últimos preparativos para la hora del té. Espera a sus íntimas
amigas, las de la época del colegio, y quiere que todo esté listo para las
cinco en punto. ¿De qué hablarán su sobrino y el amigo encerrados en el cuarto?
¡Ojalá no estén tramando una nueva travesura! ¡Mejor no pensar en el susto que
le dieron la última vez! Bueno —se compadece—, a lo mejor están aburridos y
quieren salir un rato. Después de todo, un té de señoras no es un programa
divertido para chicos de doce años. Podría prepararles algo a ellos primero y…
Braulia los llama por la ventana de la cocina. Los chicos interrumpen la
discusión y se dirigen hacia allí.
Claro que les parece buena
idea probar ahora el budín con pasas de uva, unas masas de chocolate y
crema, y ese pedazo de rosca que sobró del desayuno, con dos vasos de
naranjada. ¡Claro que les gustaría dar una vuelta después en bicicleta! Sí, es
mejor que ella reciba tranquila a sus invitadas. Por supuesto llegarán bien
temprano. Braulia no debe preocuparse. Se acuerdan perfectamente de lo
que pasó la última vez.
Tras despacharse un té
suculento, los varones se despiden. Suben cada uno a su bicicleta (esta vez
Diego eligió una de su tamaño), y a pedalear sin rumbo por las calles
transitadas.
Pasados quince minutos, como
si lo hubieran planeado, o el azar hubiera intervenido por ellos, los chicos se
encuentran a una cuadra de la plaza. Los dos miran hacia la comisaría.
—Dijiste que había que
denunciar —lo desafía Fernando.
Diego asiente muy serio. Saca
un pedazo de rosca reservado en su bolsillo, lo come de un bocado y empieza a
pedalear a toda velocidad.
Fernando lo sigue
entusiasmado. Llegan a la plaza y bajan de las bicis casi al mismo tiempo.
—Mejor las dejamos aquí
—ordena Diego.
Y con la cadena y el candado
que trae adheridos al volante, sujetan las dos bicicletas al poste de la luz.
Diego camina muy erguido adelante.
Todavía está enojado por las palabras de Adela. Casi puede oírla diciendo con
su tonito inocente: «¿Qué le pasa a Diego? ¿Se achicó?». ¡Y él no se achica
nada! Hay que ser muy valiente para denunciar. ¡Anteojuda sabelotodo! Ahí
le hubiera gustado verla. Seguro que salía corriendo. Y envalentonado con sus
pensamientos, se dispone a entrar muy orondo en la comisaría. Un policía, de
guardia en la puerta, lo detiene.
—¿Adónde vas, pibe?
Diego se queda inmóvil.
Tampoco sabe qué contestar. En ese momento pasa un hombre vestido con bombachas
y botas de gaucho y saluda al policía.
Se detiene a encender un
fósforo y prende un cigarrillo.
Diego, que ha juntado fuerzas,
habla de un tirón.
—Venimos a denunciar… Sabemos
que venden carne robada y…
Pero el policía no alcanza a
oír la frase. Las palabras del chico se ahogan en un poderoso estruendo.
Chirridos de frenos, gritos, corridas. Un triple choque conmueve la esquina. Un
colectivo ha embestido dos autos. Entre ruidos de sirena, agentes de uniforme y
varios curiosos, también los chicos corren hacia allí. No hay heridos que
lamentar, aunque los dos conductores increpan a gritos al chofer del ómnibus.
Varios policías intervienen para calmar los ánimos y reorganizar el tránsito.
Diego y Fernando se miran
acobardados. El choque triple los ha conmovido. No pasó de ser un susto y el
agente de la puerta ya regresa a su puesto. Igual no es momento para hacer la
denuncia. Diego siente que lo sucedido le ha hecho perder el valor.
Van hacia la plaza. Se sientan
desanimados en un banco, sin ganas de hablar. Diego piensa que todo es
complicado: cuando se animó a hablar, el policía no pudo oírlo. Pasada la
rabia, no sabe si eso es para alegrarse, o no. Pensativos, los chicos tardan en
advertir que alguien se ha sentado en el mismo banco y los observa con
curiosidad. Es el hombre de bombachas y botas que pasó por la comisaría cuando
ellos entraban. Diego se corre para cederle espacio. Entonces, el desconocido
hace una gran sonrisa y pregunta con amabilidad:
—¿Ustedes iban a denunciar un
robo de hacienda?
Diego lo mira sin comprender.
¿Será otro policía de civil?
El hombre sigue hablando con
gran cortesía.
—Hace tiempo que los
productores de por acá estamos preocupados. Hay muchos robos de vaquillonas. Si
ustedes saben algo importante…
—Si supiéramos algo,
hablaríamos primero con la policía —contesta Diego de malhumor.
—¡Claro! ¡Por supuesto!
—aprueba el desconocido—. Aunque a veces no les creen demasiado a los chicos.
En cambio, si alguno de nosotros, de los productores de campo, pudiera
acompañarlos, sería muy distinto. Pero antes nosotros tendríamos que
comprobar si es cierto lo que ustedes dicen.
—¿Y cómo sabemos que usted es
dueño de un campo? —pregunta Fernando.
—Me llamo Celestino Villalba
—se presenta el hombre sonriente—. Soy muy conocido por aquí. Mi hermano y yo
tenemos una cabaña en Las Palmas: «El Mangrullo». Ustedes pueden preguntar. En
la comisaría también me conocen.
«¡El hombre parece muy
amable!», piensa Fernando. Además les dijo su nombre y el del campo. ¿Por qué
les iba a mentir? Es natural que esté interesado en los robos de vacas si tiene
una cabaña. Diego aún lo mira desconfiado. No está dispuesto a contarle sus
cosas a un extraño por más conocido que sea. Primero le gustaría averiguar algo
más sobre ese hombre sonriente vestido de gaucho. Aunque es cierto que el
policía de la puerta lo saludó. Medita, sin decidirse, cuando el tal Celestino
se levanta.
—Bueno, chicos, no tienen
obligación de decirme nada si no quieren. Me hubiera gustado ayudarlos y de
paso averiguar algo más sobre los robos —y antes de irse los saluda sacándose
el sombrero.
—Espere —dice Diego con voz
ansiosa—. Si usted quiere, nosotros podemos llevarlo ahora a un lugar… Vimos
algo sospechoso allí la semana pasada.
—Me encantaría acompañarlos,
pero ahora no puedo. Tengo que trabajar. No sé si…
—¿Qué? —pregunta Fernando con
curiosidad.
—Si pueden venir ustedes un
rato mis tarde. A dos cuadras de acá está la parada de ómnibus. Los espero allí
a las ocho. Si no llegan, me voy a dar cuenta de que no pudieron salir.
Y con su gran sonrisa, el
desconocido se despide. Cruza la plaza y se aleja caminando despacio. Apenas lo
pierden de vista, Diego y Fernando empiezan a deliberar. La solución al
problema ha llegado como servida en bandeja. Si un productor de la zona los
acompaña, la policía no tendrá más remedio que creerles y actuar. «Con tantos
dueños de campo interesados —piensa Fernando— puede ser que nos den un premio.
Y hasta que salgamos en los diarios como héroes o algo así».
19
ENCUENTRO CON CELESTINO
Noviembre 4, Zárate
A las ocho de la noche,
encuentro con Celestino Villalba en la parada de ómnibus cerca de la comisaría.
Motivo del encuentro: ir a Reysol a investigar. Y mostrarle a este señor dueño
de un campo, dónde guarda el hombre de marrón la carne robada.
Detectives: Diego Gómez y
Fernando Malbrán.
Con un lápiz de punta afilada,
Fernando termina de anotar las últimas novedades. Por fin pudieron traer el
diario. ¡Esta vez les tocaba escribir a ellos! Trató de hacer su mejor letra. Y
no fue fácil, teniendo que lidiar con Diego que da vueltas por el cuarto, cada
vez más impaciente por la salida nocturna.
Braulia, de excelente humor
por su cumpleaños, les dio permiso para ir al centro y plata para los jueguitos
electrónicos. Eso sí, deben estar de vuelta a las nueve. Muy atareada está ella
con sus preparativos de la tanda siguiente, como para andar buscándolos.
Aún le falta hacer la tarta y
las empanadas para agasajar a dos primas de Buenos Aires que no pudieron llegar
a la hora del té. Y le pide a Diego:
—¿Irías hasta el almacén a
comprar más gaseosas y un paquete de servilletas de papel? Fernando, ¿serías
tan amable de ayudarme a repulgar las empanadas? Después pueden irse. ¡Claro
que sí!
Fernando hunde los dedos,
sospechosamente grises, en la masa. No es fácil unirla y que no se despegue.
Mientras tanto busca algún pretexto para preguntar sobre Celestino Villalba sin
despertar sospechas. Después de mucho pensar, se le ocurre algo brillante.
—¡Cómo me gustaría visitar un
campo! —dice con un suspiro.
—¿Sí? Hay campos muy lindos
por acá —la tía contesta distraída, está acomodando las empanadas en una fuente
para horno.
—¿Y cabañas con vacas?
—insiste Fernando.
—También.
Braulia vuelve a contar las
empanadas. ¿Cuántas comerán sus primas?
Esta vez Fernando decide
jugarse entero.
—Un compañero de colegio fue a
una cabaña en Las Palmas, se llama «El Mangrullo». ¿Yo lo podría visitar?
—No sé —dice mecánicamente—.
Habría que preguntarle al dueño.
—¿Y quién es el dueño?
—Fernando no aguanta más la curiosidad.
—Creo que es de los hermanos
Villalba, Celestino y Jorge. También tienen un tambo. Son bastante conocidos
por acá.
Y olvidando por completo a
Fernando y su pregunta, saca otro paquete de tapas de empanadas de la heladera.
El chico suspira hondo. Pudo averiguar
lo que quería. Y como para no cargar las tintas (¡a ver si a ella le da por
sospechar!), comenta con tono casual:
—Bueno, cualquier campo da lo
mismo, son todos parecidos. Y creo que a fin de año vamos con los chicos del
colegio a visitar una chacra.
Ya llega Diego, arrastrando
por el suelo la bolsa con las botellas. Braulia corre a rescatar las gaseosas
para ponerlas en la heladera y después a tratar de unir las empanadas que
pegoteó Fernando.
—Sí, pueden irse chicos, ¡por
hoy terminaron sus quehaceres! —exclama.
Hace media hora que esperan en
la parada. Y ni noticias de Villalba. ¿Se habrá arrepentido? Sentados en el
cordón de la vereda, miran a uno y otro lado de la calle. Dos trabajadores y
una mujer hacen cola para tomar el colectivo. El vehículo llega bufando, para
unos segundos y vuelve a partir a toda velocidad. Nadie más espera viajar.
Diego busca algo comestible en su bolsillo. Mete la mano y…, ¡pobre tía! Sin
querer se trajo el paquete de servilletas.
Otros quince minutos sin
novedad. Están resolviendo volver a casa o consolarse un rato en los
videojuegos, cuando un auto de modelo antiguo se detiene a pocos metros y
enciende la luz de guiño. Es el tal Villalba. Los llama.
—Suban, chicos —invita con su
gran sonrisa.
Está distinto, con un pantalón
gris, camisa celeste y sin el sombrero. Diego sube adelante. Fernando se
acomoda en el asiento de atrás. El cuero del tapizado está roto en varios lados
y los resortes se le incrustan en la cola. «Para ser dueño de una cabaña y un
tambo —piensa Fernando—, ese Celestino parece muy amarrete. ¿Cómo tiene un auto
tan roto y pasado de moda?».
En el asiento delantero, Diego
explica al hombre el camino y algunos detalles de la última visita a Reysol.
Fernando nota que su amigo no dice toda la verdad. No cuenta nada sobre el
encuentro de los dos hombres en la carnicería, en Buenos Aires. Y sólo aclara
que pasaron «por casualidad» delante de la fábrica abandonada, y que les
pareció ver a dos hombres que cargaban carne en un Jeep. El relato suena
bastante disparatado, pero Celestino Villalba parece conforme. Lo que cuenta
Diego es suficiente como para decidirlo, y propone echarle un vistazo al lugar.
El auto viejo toma un camino
de tierra con huellones y pozos. No es el mismo que anduvieron los chicos la
última vez. La entrada de rejas, con dos copones de piedra a los costados,
también es distinta. Aunque el cartelito tenga la misma imagen del sol y el
nombre conocido.
—Esta puerta está clausurada
—aclara Villalba—. Por eso es mejor que entremos por acá. Podemos llegar al
galpón sin que nos vea el cuidador de la casilla. ¿No les gustaría revisar ese
galpón? Si tenemos pruebas, la policía va a actuar enseguida.
Los chicos aceptan
entusiasmados. Dispuestos a trepar las rejas y avanzar al descampado en
compañía del hombre. No están solos en esta aventura, uno de los productores
confía en ellos y está decidido a correr riesgos para tratar de averiguar algo
más. Diego siente el aguijón del remordimiento. ¡Qué poco se animó a decirle!
Pero aún está a tiempo. Después de revisar juntos el galpón, le contará a este
hombre tan amable todo lo que sabe.
Atraviesan el terreno
marchando en diagonal, lejos de la casilla. Sin ser vistos llegan
cautelosamente hasta el galpón. La puerta, cerrada con llave, tiene cadena y
candado de seguridad. A media voz, el hombre les explica que trae varios juegos
de llaves para probar. Y ante la sorpresa de los chicos, saca un manojo
tintineante del bolsillo. Introduce una a una las de bronce y metal, hasta que
encuentra la que calza perfecto y con dos vueltas abre la cerradura. Los chicos
ya empiezan a inquietarse: con una lima de bolsillo, Villalba gasta un eslabón
de la cadena.
Poco después, en la oscuridad
del galpón, lo primero que llama la atención de Diego es un contenedor que
ocupa gran parte del espacio. Ha visto varios como ése en el puerto, cuando su
padre lo llevaba a visitar los barcos. Fernando descubre unas cajas con latas
de aceite, arrumbadas en un rincón. Celestino las revisa minuciosamente,
prendiendo y apagando fósforos de una caja. Fernando está a punto de ofrecerle
su linterna y se contiene. «Podría descubrimos el guardia —piensa—, si la luz
se reflejara en la ventana». Hay trapos sucios, varias sogas y bolsas de
plástico oscuro tiradas en el piso. Diego se entusiasma con el descubrimiento.
—Las bolsas donde
transportaban la carne eran como éstas —dice.
El hombre las examina
dubitativo.
—Bolsas así hay por todos
lados —y mirándolo fijo—: ¿Cómo sabés que tenían carne robada?
Diego no se anima a responder.
En ese momento, Fernando reclama la atención de ambos. Insiste en mirar en el
contenedor. A lo mejor encuentran algo importante.
Para desilusión de los chicos,
sólo hay más latas de aceite similares a las arrumbadas. Aunque el contenedor
tiene un aparato de refrigeración adosado y por dentro se mantiene frío y
húmedo pese a estar desenchufado. Como si fuera una heladera gigante en desuso.
¿Por qué ponen el aceite en un lugar refrigerado? Fernando tiene sus dudas.
Villalba, en cambio, se encarga de desanimarlo.
—Creo que estaban equivocados,
chicos. Acá no hay nada. Va a ser mejor irse y olvidarnos del asunto. Les
prometo seguir vigilando, y si llego a descubrir algo…
Los chicos no están de
acuerdo. Diego, incapaz de aguantar su secreto por más tiempo, relata a
Villalba todos los pormenores de la investigación; la aventura en la isla, la
conversación de los delincuentes y el cargamento descubierto en la lancha.
Terminado el relato, el hombre
se queda pensativo. De repente vuelve a esbozar su gran sonrisa y felicita
calurosamente a los dos por su valentía.
—Es mejor que se queden unos
minutos esperándome en el galpón, mientras busco al guardia de seguridad. Una
vez enterado del problema, él podrá comunicarse con la policía desde la
casilla.
—¿Por qué no vamos los tres
juntos? —pregunta Fernando.
—Sería muy peligroso, los
cuidadores tienen orden de disparar si notan movimientos extraños. No estoy
dispuesto a arriesgarlos, quiero que vuelvan a sus casas sanos y salvos.
Aunque los chicos preferirían
no tener que quedarse allí solos, no se atreven a protestar. Además, Villalba,
muy apurado, ya abandona el lugar. Apenas se cierra la puerta, Diego y Fernando
se arrepienten de haber hablado. Hubieran podido esconderse detrás de los
edificios. Estar al aire libre, y no en ese galpón silencioso y encerrado.
Entonces oyen el característico ruido en la cerradura. Y luego los dos clic más
de la llave en el candado. En un arranque de desesperación, Diego corre,
prueba, fuerza la manija, golpea la puerta, la patea.
—Dejá, no hay caso —dice
Fernando y el llanto se le atraganta—. Estamos encerrados. Y desde la casilla
no nos pueden oír.
Diego se derrumba en el suelo,
con la cabeza entre las piernas solloza de miedo. Se pregunta qué cosas
horribles les esperan. Nunca debieron confiar en la sonrisa falluta de ese
desconocido. Su idea era buena: denunciar todo a la policía.
—Ya me parecía raro —dice
Fernando con voz entrecortada— que tuviera un auto tan viejo. Ese Celestino
Villalba es un impostor.
20
LA CLAVE DE ADELA
En el almacén de Zabala y
Ciudad de La Paz, Adela espera su tumo detrás de Ceferina, la cocinera de los
Fromm. El encuentro no ha sido por casualidad.
Desde las tres de la tarde,
ella estuvo esperando y esperando que alguien saliera de la casa de Mauro. «A
lo mejor —pensó— los tíos van a dar una vuelta en su cochazo gris». El auto,
burlón, seguía siempre en el mismo lugar. Adela no se atrevía a tocar el
timbre. No la conocían y él estaba en penitencia. ¿Por qué la iban a dejar
pasar? Cuando ya perdía las esperanzas, vio salir a Ceferina con la bolsa de
las compras. Y tuvo una idea.
Ahora las dos hacen cola
frente al mostrador. La cocinera habla con el empleado y le da una lista de
comestibles. Adela se impacienta. Tiene que mandarle un mensaje a Mauro. Él le
contó que Ceferina apenas sabe leer; además lo quiere mucho, no sería capaz de
entregarles su mensaje a los tíos. Por las dudas, decide escribirlo en clave.
Como el empleado le da la espalda, busca un pedazo de papel y birome en el
mostrador. Y escribe:
Mauro:
Justo no pudiste venir. Y te esperamos
con P-cho.
Cariños. Adela.
¡Seguro que lo va a entender!
Deja la birome, dobla el papelito y toca el brazo de la cocinera. Ceferina se
da vuelta y la interroga con la mirada.
—Soy amiga de Mauro —explica
Adela—. Como no pudo salir a jugar, quería mandarle esta cartita. Con Pocho,
otro amigo, lo estábamos esperando.
«Mejor explicarle algo, por
las dudas».
Ceferina acepta sonriente el
papel y lo guarda en su billetera.
—Bueno, nena —dice con un
guiño—, le voy a dar a Mauro tu cartita.
Y se olvida de Adela, porque
el empleado le entrega varios paquetes.
Antes de irse, la saluda con
otro «chau, nena». Odia que los grandes le digan «nena» (¡ya tiene doce años!),
pero no puede enojarse con la bondadosa mujer.
Y menos ahora, que aceptó
darle su mensaje a Mauro.
Son las siete y cincuenta.
Mauro entendió. Y los dos no paran de reírse de la clave P-cho de Adela.
La avenida Cabildo es un
desfilar de autos perezosos en día sábado. Mauro tiene poco tiempo. El permiso
es hasta la hora de la comida. Adela se encapricha.
—El tiempo alcanza si nos
apuramos —insiste—. Juan B. Justo no es muy lejos. Ya averigüé en el kiosco de
revistas. ¡Vamos…!
—¡Vamos! —lo anima—. Es
nuestra única pista.
—Bueno. ¡Vamos!
Tan cerca no era, tuvieron que
tomar dos colectivos. El 41 hasta Pacífico y después uno colorado que seguía
derechito hasta donde ellos bajaban.
Juan B. Justo es una avenida
ancha, de doble mano. Pero la altura que buscan, exacta, no existe. Los chicos
miran disgustados las chapas con la numeración. Ninguna dice: 2534.
—¿Nos habremos equivocado de
calle? ¡Qué lástima que no tengas el paquete de cigarrillos!
A Mauro no le hace ninguna
gracia acordarse: Ceferina, con mirada de reproche, se lo llevó en la pala de
la basura. ¡Su mejor pista! Trata de hacer memoria, cierra los ojos y vuelve a
ver los números escritos en la marquilla importada. Está seguro del dos; el
cinco podría ser un tres, y el tres, un cinco. Con el último número tiene
algunas dudas.
Los chicos escriben en un
papel otras combinaciones posibles. Caminan dos cuadras buscando esos números.
Tampoco. De repente, Adela señala la chapa de un antiguo mercado. Está
borroneada, descolorida. Los números casi no se ven. A la entrada hay un
negocio con variedad de mercaderías, desde golosinas y cigarrillos hasta productos
de limpieza y fantasías. El local está cerrado pero hay luz del lado de
adentro. Adela tiene un presentimiento: es ahí. Mauro la mira incrédulo. ¿Qué
va a hacer el carnicero en ese kiosquito? Ella insiste, se encapricha.
—Es ahí. Golpeá la puerta. Decí
que necesitás comprar algo urgente. A mí me vio hace poco. No puedo ir. A lo
mejor me reconoce.
Mauro acepta a desgano. Seguro
que se equivocan. Hay otras calles con la palabra Justo. Podría ser en el
barrio de San Justo, por ejemplo. El número de la chapa no se ve bien. Y el
lugar no le gusta. Por el estado de abandono en que se encuentra el mercado, no
debe de funcionar desde hace rato. Pero con Adela insistiendo, no se puede
echar atrás.
Golpea dos veces a la puerta.
Espera un poco. Nada. Tres golpes más y se prende otra luz. Alguien corre la
cortina metálica del fondo. Una mujer joven, de pelo oscuro, con un pantalón
muy ajustado, levanta la tapa del mostrador y lo increpa a través de la puerta
de vidrio. Mascando chicle, hace un ademán descortés e invita a Mauro a que se
vaya. Sonrojado él explica en voz bien alta:
—Necesito jabón en polvo para
mi mamá. Por favor. Es… una emergencia. Se lo pago el doble.
La mujer abre la puerta de mal
modo. Lo mira de arriba abajo, sin dejar de mascar su chicle y al fin lo deja
pasar.
—¿Qué marca de jabón querés?
—pregunta enojada—. Rápido, que a esta hora yo cierro. Tu mamá podría acordarse
antes, cuando tiene ropa para lavar —y festeja su propia ocurrencia con una
carcajada antipática.
Fernando señala un jabón de
marca conocida y pregunta cuánto cuesta. Trata de ganar tiempo mientras mira
con avidez a su alrededor. La mujer busca una lista y la máquina de calcular.
Recorre con la uña colorada de su índice una hoja muy ajada. Fernando busca
alguna pista; sin embargo nada parece indicar que el carnicero viva allí. El
negocio está abarrotado de cajas con mercadería. Detrás del mostrador apenas
queda lugar. Tras la cortina metálica podría haber una habitación o un baño. Y
Mauro no puede seguir mirando porque ya la mujer le da el precio y lo contempla
impaciente sin dejar de masticar su chicle. El chico dice que no le alcanza.
Pide otro jabón más barato. Resoplando, ella vuelve a consultar la lista. Antes
de responder, busca en el bolsillo de su blusa y saca un paquete de cigarrillos
arrugado. Mauro no puede creer lo que ve: ¡es la misma marca importada que fuma
el carnicero! ¡Igual que el paquete que ellos encontraron! ¿Coincidencia? Algo
le dice que no lo es. Esta mujer es la cómplice joven, de pelo oscuro, que
manejaba el Jeep. Está seguro: fueron a la dirección correcta. De puro excitado
por el descubrimiento, le da un acceso de tos seca que no puede controlar. La
mujer lo mira muy disgustada.
—¿Querés el jabón, sí o no?
Mauro hace señas de que
tampoco le alcanza. Y cuando ella está a punto de echarlo sin contemplaciones,
se oye la voz-graznido del propietario de Zoilo.
—¡Tana! ¿A quién estás
atendiendo?
Y, sin dar tiempo a la
respuesta, el cuerpo voluminoso del carnicero atraviesa los flecos de la
cortina metálica. El hombrón clava en el chico sus ojos de distinto color.
La mujer, muy nerviosa, escupe
el chicle y apura a Mauro rumbo a la puerta.
—Vamos, pibe. Si no te
alcanza, vení mañana.
Y ya la abre, ante la mirada
ansiosa de Mauro, que quiere salir corriendo hacia la calle. No puede. Zoilo se
interpone. No lo deja mover.
—¿Quién te mandó acá?
La mujer trata de apaciguarlo.
—Necesitaba jabón, para la
madre. Ya se va.
El hombre ruge desconfiado.
—Vos no sos de este barrio. Me
parece que te conozco de otro lado.
A Mauro le tiemblan tanto las
piernas que las cruza con disimulo apretando los pies.
—¡Vamos! —vocifera el otro
descontrolado—. ¿Quién te mandó acá?
21
ENCERRADOS
—¿Qué juntás? —pregunta Diego
angustiado.
En cuclillas, Fernando ilumina
el suelo con la linterna y recoge algo que luego va a parar a sus bolsillos.
—Fósforos —contesta—. Cuando
ese Villalba los prendía se le cayeron un montón. Nos pueden servir.
—¡Para qué los queremos! Yo lo
que quiero es salir de aquí —gimotea Diego.
Fernando también quisiera
escapar. ¿Pero cómo?, ¿por dónde? ¡Tiene que ocurrírseles algo!
Media hora ya de estar
encerrados. A cada minuto que pasa, la desesperación de los chicos es mayor.
Están seguros: algo horrible va a pasar. Y una sensación de abatimiento se
apodera de los dos. «Para qué nos habremos metido en este lío. Todo culpa de
Mauro y sus ideas raras. Somos chicos, no detectives». Diego no hace más que
lamentarse y lamentarse por lo sucedido. A Fernando, un lío de ideas le
revolotea en la cabeza. Irse, escapar, ¿cómo?, ¿por dónde? El galpón tiene dos
ventanas no muy altas, con vidrios protegidos desde afuera por gruesas telas
metálicas. Aunque consiguieran trepar y romper el vidrio, el alambre tejido les
impediría salir.
—¡Pero con semejante ruido
llamaríamos la atención del hombre que cuida la entrada! —exclama de golpe
entusiasmado.
Por primera vez tiene
esperanzas. Sí, es una buena idea. Sacude a Diego y le cuenta animado su plan.
Ya está decidido. Fernando,
que es el más liviano, tiene que subir, ayudado por el otro, y armar el
estropicio.
Diego soporta bien el peso de
su amigo. Éste, apoyándose contra la pared, logra alcanzar el picaporte de la
ventana. Inspira profundo para darse ánimos, mira hacia el leve resplandor de
la casilla y… ¡Ahora! Va a golpear el vidrio y el brazo se detiene en el aire.
Lo que ve le hace perder el equilibrio y con un grito se va de cabeza al suelo.
Un vehículo acaba de entrar en Reysol. A moderada velocidad y con las
luces bajas encendidas se dirige hacia el galpón. Es el camioncito gris que
conduce el hombre de marrón.
—¡Son ellos! Vienen a
buscarnos.
Y los chicos no pueden oír
nada más. Sólo un rumor confuso de pasos, llaves en el candado, en la
cerradura, y el corazón de cada uno que golpea en el pecho como un bombista
enloquecido. Muy juntos, estremecidos, se sostienen mutuamente en un rincón.
Algo horrible está pasando.
Celestino Villalba, desconocido y violento, los empuja, los separa, los
cachetea. El de marrón comienza a insultarlos y amenaza con crueldad.
—¡Mocosos de porquería! ¡Ya
van a ver lo que les pasa por meterse en el trabajo de los grandes!
—Vamos a dar un paseíto —jadea
Villalba, mientras zamarrea a Fernando—. Si alguno se hace el vivo, ligan los
dos. Ya sabrán cómo terminan ciertos detectives.
Con una carcajada rabiosa lo
empuja hacia la puerta. Diego, estrujado en su rincón, llora tapándose la cara
con los brazos. Fernando es el primero en salir; Villalba, pegado a sus
espaldas, le retuerce el brazo derecho.
—¡Suélteme! —solloza—. No me
voy a escapar.
Pero no lo suelta, sonríe en
forma distinta, cruel. A la rastra, de a uno por vez, los chicos son llevados
hasta el camión. Fernando aterriza dolorido en la cabina. Diego, empujado sin
miramientos, no la está pasando mucho mejor. Temblando, escuchan la
conversación deshilvanada de los hombres. No los nombran, sin embargo es fácil
darse cuenta de que están hablando de ellos.
—¿Seguro que los van a
aceptar?
—Por un tiempito sí, hasta que
levantemos campamento.
—Mirá que esos tipos son
capaces de cualquier cosa, si se las ven feas —duda el hombrecito de marrón—.
Tienen cuentas pendientes con la policía. Están jugados.
—¡Lo que hagan no es cuestión
nuestra! —brama Villalba—. Me dijiste que era una operación segura. Y, además
de la otra dificultad, surgió esta complicación. ¡Vamos!
Diego sabe muy bien adónde
van, y un sudor helado le empapa la remera. Van al muelle. Otra vez empieza la
pesadilla: la lancha, la isla, los prófugos delincuentes. ¡Y Braulia que les
pidió que estuvieran de vuelta a las nueve!
Bajo la lona, más atrapados
que la última vez, a la espera de un peligro mayor, los chicos calculan que ya
falta poco para llegar. Aunque es difícil calcular el tiempo (parecen siglos de
estar navegando), el ruido de los motores disminuye y aumenta la marejada.
—Tenemos que hacer algo
—susurra Fernando—. Si no escapamos ahora…
Y no puede terminar la frase,
porque el llanto silencioso de Diego le quiebra el coraje. «Si papá estuviera
cerca… ¡Papá, ayudame! ¡Ayudame a ser valiente!». Con el puño apretado en el
bolsillo, Fernando trata de controlar su terror. Se ve a sí mismo, con su
padre, en otra lancha, en el lago Moreno, pescando. O en tierra firme,
encendiendo el fuego entre los dos, para asar una trucha. ¡Fuego! Toca los
fósforos diseminados en su bolsillo. Y surge el chispazo de una idea.
—Diego —murmura—, ¿sabés nadar
bien, bien?
Diego para de llorar.
—Sí —contesta—, aprendí en el
club durante todo el año pasado. Era el mejor de la clase. El profesor siempre
decía: tenés muy buena flotación.
—Escuchame —lo interrumpe
Fernando—. Sacate los zapatos. Cuando yo te diga, nos tiramos al agua. Por
suerte no tenemos mucha ropa puesta. El bermudas y la remera no nos van a
molestar. ¡Rápido! ¡Dame tu mocasín y el rollo de servilletas! Voy a tratar de
prender un fósforo.
—¡Estás loco! —se aterra el
otro—. Nos vamos a quemar vivos.
Un ruido mayor, el motor que
llega tosiendo con fuerza, apaga las protestas de Diego. No pueden ver quién o
quiénes se acercan; la lona, fuertemente sujeta por las sogas, tiene aberturas
mínimas, indispensables para poder respirar. Sí, es otra lancha, que anuncia su
llegada con una débil sirena. La embarcación se detiene.
Reconozco esa sirena —dice
Diego exaltado—. Es una lancha de Prefectura.
Fernando no duda más. Ordena
imperioso:
—Sacate los zapatos —busca los
fósforos y sostiene la improvisada mecha de servilletas en la otra mano. Prueba
uno, otro, otro más. Están húmedos. Apenas rasguña la suela del zapato, la
pólvora se deshace en la yema de los dedos. Llegan voces. Se alejan. La otra
lancha acelera renegando antes de partir. ¡Tiene que prenderlos! ¡Tiene que
encender esta fogata! En un esfuerzo desesperado, Fernando junta las últimas
tres cabezas azuladas y las aplasta rozando la parte más seca de la suela. Un
resplandor caliente le ilumina la cara. Ahora el rollo de servilletas es una
antorcha humeante. Ante la mirada de horror de Diego, Fernando la acerca a una
de las sogas. Tres ideas lo obsesionan: quemarla, agrandar la abertura, salir
de allí. Descontrolado por el pánico, temiendo que la lancha entera arda por la
imprudencia, Diego embiste la lona y grita desaforado por una de las aberturas.
—¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!
22
¡ACORRALADOS!
El carnicero acorrala a Mauro
contra el mostrador. Los ojos le brillan parejos, el celeste oscurecido de
rabia. Trata de sonsacar la verdad de esa cara atemorizada. Está
convencido de que el chico fue allí por orden de alguien. Si su nuevo escondite
ha sido descubierto… La mujer le palmea el brazo tratando de calmarlo. El
hombrón la ignora, insiste e insiste con su pregunta.
—¿Quién te mandó acá?
¡Contestá!
Paralizado de miedo, Mauro no
sabe qué inventar. Da un vistazo a la puerta entreabierta a dos metros de
distancia. Si corriera… No, ese loco no lo deja ni mover. Pero ¿no es Adela esa
que viene tan decidida y empieza a golpear? Es Adela. Da puñetazos al vidrio y
grita fuerte, con autoridad.
—¡Mauro! Papá nos está
esperando en la esquina. Vamos al auto, ¿o querés que él te venga a buscar?
Sorprendido, el carnicero
retrocede y mira hacia la puerta.
—¿Quién es esa chica?
—reacciona.
Las palabras se le escapan sin
dudar.
—Es mi hermana —dice Mauro,
convencido.
La hermana golpea que
te golpea vidriera y puerta, cada vez más impaciente con su «¡Salí!, ¡salí de
una vez!».
En la acera de enfrente se ha
detenido un auto. El conductor y su acompañante bajan y se quedan mirando
curiosos la escena.
Entonces, la mujer joven
agarra con firmeza a Mauro y lo libra de un tirón del brazo. Al ver la
expresión de enojo del carnicero, le ordena con suavidad:
—¡Andá para adentro, querés!
—y en voz muy baja—: Te imaginas cosas raras. Al chico lo están esperando en la
esquina. No quiero líos en mi negocio.
Y forzando una sonrisa trata
de justificarlo ante Mauro.
—A mi marido no le gusta que
atienda sola hasta tarde. Una vez un chico casi de tu edad trató de asaltarme.
Por eso quería saber si te mandaba alguien.
—Nadie me mandó —dice—, es
decir…, sí, mamá para comprar jabón. ¿Ya me puedo ir? Y mi hermana va a romper
la vidriera de tanto golpear. No quiero que papá tenga que venir a buscarme. Se
va a enojar; mide un metro noventa y…
La mujer abre la puerta y
arroja a Mauro sobre Adela con un destemplado «buenas noooches».
Con la mirada absorta, el
carnicero la ha dejado actuar, sin hacer nada para detenerla.
En plena carrera hacia la
esquina, los chicos alcanzaron a oír el portazo, seguido de las protestas
chillonas de la mujer.
Fue mucho después del
silencioso viaje en ómnibus y la breve caminata por Cabildo. Después de la
rápida despedida, para que a Mauro no se le hiciera todavía más tarde. Fue casi
al llegar a su casa, preocupado por la hora y por todo, cuando Mauro se dio
cuenta. No le había dado las gracias. Y no porque se hubiera olvidado, eso no.
Tuvo vergüenza de esa Adela decidida y arriesgada que volvió para sacarlo del
lío. Bueno, a veces los jefes también necesitan ayuda. Y en esos casos…, es
útil tener una hermana.
Adela está sorprendida de sí
misma. ¡Cómo pudo animarse! Si Mauro supiera que estuvo a punto de salir
corriendo. ¡Para avisar a alguien, claro! Todavía tiembla, cuando piensa en la
cara de loco de ese hombre. Sin embargo, antes, cuando vio al pobre Mauro tan
asustado, le dio más rabia que miedo. Y pensó que si ella hacía mucho,
muchísimo ruido, lo dejaría salir. Sí, estaba contenta de haberse animado. Se
pregunta si lo pondrá en el diario. Si les contará a los otros. En medio de su
euforia (porque lo ayudó ella sola y todo salió bien), Adela siente un
retortijón de culpa. Diego tenía razón. Lo mejor era denunciar sin pérdida de
tiempo todo lo que sabían. Ellos eran chicos, no detectives. ¡Que se encargara
del asunto la policía!
Una sombra ligera cruza a los
saltos. Es Picho, sucio, mojado, con ojos de no haber comido. El perrazo
corretea nervioso alrededor de Adela. Picho, en su habitual recorrida nocturna,
explora nuevos lugares ante la escasez de comida. Adela acaricia el pelaje
amarillo y la piel sonrosada cuando él se echa panza arriba. ¿Y si lo llevara a
su casa? Con un poco de suerte entrarían por la cocina en el lavadero, sin ser
vistos. Es por un rato, para darle comida. Además (Adela se va envalentonando),
sus padres trabajan todo el día. No le importa, ya se acostumbró a estar sola,
conoce el barrio, no está recién mudada. Pero Picho sería un buen guardián si
ella le enseñara. Y una buena compañía. Piensa que ella tiene paciencia y
muchos libros sobre perros. ¿Cómo no se le ocurrió antes? Adela, seguida de
Picho, da vuelta a la esquina.
—¡Nos quemamos! —grita Diego,
seguro de que el fuego ya se extiende a la lona y a la embarcación entera.
Con los brazos tensos y la
cara transpirada, Fernando termina de quemar la soga.
—Tirate —ordena. Y los dos se
zambullen en aguas achocolatadas. Todo pasa rapidísimo. La caída, las brazadas
frenéticas que intentan sin éxito vencer la corriente que los lleva en
dirección a la lancha de la Prefectura.
Tras un segundo de estupor,
Celestino y el de marrón corren a popa. Tratan de sofocar las llamas
incipientes con sus propias camisas y unas mantas de cubierta. Los chicos ya no
les importan. Ante la emergencia, los hombres redoblan sus esfuerzos para
evitar la amenaza de fuego a toda la embarcación. Prefectura, alertada por el
fogonazo, los gritos y la frenética actividad a bordo, retrocede con su lancha
y se acerca a prudente distancia haciendo bramar la sirena. Uno de los
prefectos, ubicado en proa, ilumina las aguas con un potente reflector. Otro,
listo para arrojar un extinguidor de fuego atado a una soga, imparte órdenes
precisas por un altoparlante. Todavía no han descubierto a los chicos, que dan
voces y cada tanto alzan un brazo, multiplicando esfuerzos para aproximarse a
la lancha oficial.
Parece que están nadando hace
siglos cuando al fin otra linterna los descubre. Y se inicia el salvataje que
en pocos minutos los rescata ilesos y exhaustos.
El fuego ha sido sofocado y la
embarcación no sufrió mayores daños, pero los delincuentes no logran hacerla
arrancar. Ahora saben que están en peligro. Villalba tira y tira de la piola
del motor. Éste no responde. Se ahoga.
Mientras tanto, Diego y
Fernando tienen tiempo suficiente para contar a los prefectos todo lo sucedido.
Y de nada valen, después, las protestas frenéticas, la falsa sonrisa del falso
Villalba. Ni la cobarde acusación del otro, que insiste en culpar a los chicos
de un presunto robo cometido a bordo. De nada les vale, porque en pocos minutos
otra lancha oficial, alertada por radio, los conduce entre sirenas a la
Prefectura de Zárate.
Horas más tarde, cabizbajos y
mojados, los chicos fueron conducidos a la salita de la Prefectura donde los
esperaba la tía.
Ninguno se atrevía a mirarla.
¿Qué iban a explicarle? Ella tendría razón si los retaba. ¡Estaban tan
cansados! Pero Braulia no los retó, los abrazó fuerte y no los soltaba. Ella
también tenía la cara húmeda.
—Ya pasó todo, chicos —dijo
con voz rara—. Vamos a casa.
EPÍLOGO
Noviembre 30, Belgrano
A las doce, encuentro en lo de
Mauro para almorzar y festejar. El meterete bueno de Walter les pidió a los tíos
que lo dejaran hacer un asadito para los amigos del barrio.
Vamos todos. ¡Hasta Picho!
Esta vez, arreglé con el jefe
para terminar de escribir el diario. Yo opino que hasta ahora fue muy resumido.
Así que voy a dar más detalles. Si alguna vez un grande necesita leerlo,
entenderá todo perfecto.
Por Braulia nos enteramos de
que el verdadero Celestino Villalba era el patrón del falso. El falso usó el
nombre del verdadero para hacerles el cuento a los chicos.
Era un delincuente conocido,
que se empleó como domador de caballos para planear los robos de vacas con el
hombre de marrón. Algunas vacas robadas las guardaban en el galpón de Reysol,
en el contenedor refrigerado. Otras iban a parar (en secreto) a frigoríficos y
carnicerías.
Braulia dijo que, con los de
la isla, formaban una banda bien organizada y que esperaba que los tuvieran
presos por un buen tiempo.
Los productores de la zona
estaban tan agradecidos que quisieron darle un premio a Braulia (gracias a ella
Prefectura atrapó a los ladrones, salvó a los chicos y… nuestros padres casi no
se enteraron de nada). Ahora, la tía de Diego tiene cuenta gratis en una
carnicería de Zárate, ¡hasta que se termine de comer las dos vacas que le
regalaron! A nosotros nos dieron una lista de diez campos para visitar con el
colegio. ¡Fernando está entusiasmadísimo!
Todo salió bien, menos una
cosa: ¡nuestro vecino misterioso volvió a desaparecer! La policía de Buenos
Aires lo busca. Pensamos que con tantas pistas que les dimos seguro que lo
encuentra pronto. Para nosotros, el caso está cerrado.
Detective a cargo: Adela
Obarrio.
Diciembre 4, Belgrano
A las doce de la noche voy a
finalizar este diario, que quedará en mi cuarto hasta que:
1) Fernando vuelva de
Bariloche.
2) Diego vuelva de Zárate.
3) Adela vuelva a ser mi
amiga. (Aclaración: no me habla porque decidí terminar yo este diario).
Jefe de detectives: Mauro
Fromm.
P. D.: Este caso está cerrado.
Pero acabo de descubrir otro vecino misterioso merodeando por los alrededores.
Queridos chicos:
Hoy, mis personajes son Adela,
Mauro, Fernando y Diego, cuatro chicos de doce años que viven en el mismo
barrio. Son vecinos, pero además, como deciden investigar un misterio real, en
Belgrano, son detectives.
Ahora ustedes ya saben todo lo
que pasó y cómo anduvo la audaz investigación. Sólo quería contarles que,
mientras escribía, corregía, imaginaba o leía los diarios para reforzar mi
inspiración, me fui encariñando mucho con esta pandilla. Tanto me encariñé, que
me daba lástima dejarlos y terminar el libro. Entonces decidí escribir otra
novela con Mauro, Adela y dos vecinos de su barrio. Detectives en Palermo Viejo
narra las aventuras de esta nueva pandilla que seguirá dando que hablar… ¡y mucho!
No se la pierdan.
María Brandán Aráoz
P. D.: Los chicos pueden
decirme «Marita», escribirme a la editorial y darme ideas.
MARÍA BRANDÁN ARÁOZ. Nació en la ciudad de Buenos
Aires, pero tiene raíces familiares en las provincias de Salta y de Córdoba.
Estudió magisterio, Literatura española en el Instituto Cultural Hispánico,
finalizando sus estudios en Madrid, España; realizó la carrera de Periodismo, Teoría
y Práctica de guión de televisión y de cine.
Periodista de investigación,
colaboró en diferentes medios: La Nación, La Prensa, diario CONSUDEC,
publicaciones de Editorial Abril, La Obra, revistas Billiken, Jardincito,
Enseñar, de Tinta Fresca, y Maestra Primaria, de Ediba.
Publicó notas y cuentos en
muchos sitios literarios y educativos de Internet. Realizó guiones de dibujos
animados para el público infantil de México.
Fue miembro del jurado en las
«Fajas de Honor» de la SADE, en el «Premio Fantasía Infantil», en certámenes
literarios escolares y en CONABIP, entre otros concursos.
Miembro de la Society of
children’s book writers and ilustrators of USA fue Assistant Regional
Adviser del Chapter Argentina.
Obtuvo la «Faja de Honor» de
la Sociedad Argentina de Escritores en Literatura Infantil y Juvenil por su
libro Vacaciones con Aspirina; la «Faja de Honor» de la Sociedad
Argentina de Escritores en Novela, por su obra Caso reservado; su libro
de cuentos Jesús también fue niño obtuvo Mención de Honor en Literatura
Infantil, premio nacional instituido por la Subsecretaría de Educación y la
provincia de Tucumán. Tiene muchos cuentos publicados en manuales escolares,
revistas infantiles, educativas y antologías como Quelonios, editada por
la Biblioteca Nacional. Sus libros se adoptan en colegios de nivel inicial,
primario y secundario de toda la Argentina y se publican en Brasil, Chile,
Ecuador, El Salvador, Perú, Puerto Rico, Paraguay y Colombia, entre otros
países. Sus textos literarios se leen en California y en Miami, USA.
La autora visita los colegios
para encontrarse con sus lectores e interactúa con ellos desde su sitio oficial
y sus páginas de Facebook, Twitter y www.elblogdemarita.com. También realiza
talleres con docentes y padres sobre técnicas y tácticas para lograr que los
chicos adquieran el hábito y el placer por la lectura a cualquier edad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




